Saturday, January 03, 2009

Learning from San Mateo (III)

Durante la primera mitad de 2005, una espada de Damocles pendió sobre el sector de San Mateo en Santurce. Muchos de los residentes ya habían sido forzados a irse de la comunidad, a menudo parando en lugares tan "cercanos" como Aibonito y Barceloneta. Pero varios, tales como don Meinardo, don Gilberto, la familia Lasanta y doña Carmen en la calle Candelaria se negaron a salir. El edificio de Mary Anne Hopgood colindante con doña Carmen se había convertido en el Museo del Barrio, una colección heterogénea de objetos de la vida cotidiana de la comunidad, dejados a toda prisa por sus antiguos vecinos incapaces de mudar su vida a nuevos y (casi siempre) más pequeños domicilios. A su vez se empezaron tertulias, encuentros y momentos de socialización casuales que mantuvieron la moral de los defensores remanentes de la comunidad y de quienes dimos apoyo y solidaridad en este último momento crítico de la pasión y muerte de San Mateo.


Durante estos apasionados meses continuó el teatro popular, las excursiones nocturnas y el ambiente de animación. Amnistía Internacional hizo su reunión anual aquí y se presentaron películas, recordando yo con especial impacto el clásico Metrópolis hecho en 1926 por el director alemán Fritz Lang, filme que mostraba la distopia de una gran ciudad de voluminosos edificios, la que habia desahuciado a sus mayorías a un inframundo subterráneo, del cual estas se rebelaron. Entonces se propuso - ¿por qué no? - crear una contrapropuesta, una alternativa surgida de la comunidad restante que presentara la posibilidad de densificar y "mejorar" el sector manteniendo parte de su memoria, a su vez reteniendo y reclamando sus tradicionales residentes y ofreciendo viviendas para otros más.

Así, este servidor, en asociación con el ingeniero Rogelio Figueroa (el que años después se postulara para gobernador) pusimos manos a la masa y en varias sesiones dominicales sacrificamos los placeres recreativos y espirituales para dedicarnos a trabajar dicha contrapropuesta. Queríamos evitar la arrogancia y falta de sensibilidad a la huella del pasado del megaproyecto adyacente de Ciudadela, el cual casi arrancó de cuajo la memoria de varios lugares importantes para la vida de Santurce; y queríamos evitar la pretensión de desarrollar en grandes torres multipisos con el fin de épater a los inversionistas boricuas e internacionales con la promesa del glitz de gran urbe multinacional en el ambiente que solo hace un siglo fue de cangrejos, bateyes y pequeños propietarios de raíz afroborinqueña.

La propuesta final incluia un total de 198 apartamentos (93 existentes reusados), cuatro niveles de oficina en un edificio de esquina y 17 locales comerciales integrados a la trama del proyecto.Los apartamentos absorbieron varias de las relaciones espaciales tradicionales. Se proyectaron con sala lateral de profundidad completa, siguiendo la costumbre vernácula, aunque con ajustes para la privacidad moderna. Se les dotó de balcones frontales y el pasillo de acceso fue conceptualizado como una galería abierta con vista a patios comunes. El puntal interior de los apartamentos se hizo de 3 metros (10 pies). Los techos inclinados incorporarían dispositivos de recuperación de energía y agua - paneles fotovoltaicos, colectores solares, y cisternas para aguas de lluvia. Bajo las pendientes de estos techos, apartamentos pequeños servirían a personas solas o familias pequeñas.

De lo existente, varias casas de apartamentos y casi todos los edificios mayores (entre ellos el antiguo hospital Mimiya) se rehabilitarían y en algunos se proponían treinta espacios abiertos tipo “Loft” para atraer artistas debido a la proximidad del Museo de Arte de Puerto Rico. Las cinco casas de madera remanentes en el sector se quedarían, una como residencia y las otras reutilizadas como lugares de reunión y actividades culturales. El régimen propuesto de fideicomiso colectivo de tierras de los vecinos actuales, compartía la misma idea que ha sido postulada para los residentes junto al Caño Martín Peña, como medio para asegurar su estabilidad. Los estacionamientos quedarían bajo tierra, dejando arriba viviendas y espacios abiertos, con una plaza como transición al Museo de Arte.

Aunque la propuesta “insurgente” empezó a circular entre funcionarios y los primeros estimados de costo eran halagadores, todo llegó muy tarde para frenar la obstinada demolición del distrito, aun tres años después un páramo ocupado por una sola familia que resistió irse. No que el equipo de trabajo tuviese esperanzas de concretar este proyecto; los obstáculos eran formidables. Pero ver, aunque sobre papel, un desafío al conventional wisdom sobre intervenciones urbanas en zonas centrales fue estimulante para todos el equipo de trabajo.

Ya en septiembre de 2005 se ejecutaron los últimos desahucios, solo negándose a salir la familia Lasanta, gente demasiado imbricada en la cotidianidad santurcina como para esperar que sobreviviesen en los vacíos suburbanos y esclavizados a sus autos. Mary Anne acabó en una paradisíaca pero solitaria finca en los montes de Aguas Buenas, don Gilberto, el viejo nacionalista, se trasladó al Alto del Cabro a siete paradas de distancia pero la ayuda gubernamental prometida para arreglar su "nueva" casa usada y dilapidada nunca llegó - acabó arrimado en un solo cuarto junto a su hermana, hacinados ambos en la desesperación. De don Meinardo de la Antonsanti nunca volví a saber, me decían que andaba por Bayamón o cerca, y me imagino sin sus fieles gatitos, ahogándose en soledad.

La navidad de 2005-2006 testimonió la muerte final de esta esperanza mientras San Mateo, excepción hecha de la casa Lasanta, se convirtió en un páramo de cascotes de hormigón, madera astillada, y tierra baldía. Inclusive las promesas hipócritas de salvar fragmentos edificados como pisos de loseta criolla y los relieves del hospital fueron promesas vacías que no se cumplieron hasta donde conozco. Dos días antes de la conmemoración del Nacimiento del Niño Jesús, caminé el desastre con Mary Anne y Deborah Hunt, la titiritera y vecina de zona colindante; y los tres lloramos - Mary hasta deprimirse - la pérdida de lo que fuera un vital y humilde vecindario que pudo ser promesa para el futuro. ¡Oh... Qué triste Navidad!, como dice el popular bolero, pero fue doblemente triste porque significó la insensibilidad de los poderes públicos no sólo a un pueblo en crisis, sino a una memoria histórica y cultural que por mandato constitucional tienen la obligación de defender y recuperar.

No comments: