Wednesday, September 28, 2011

LA CONSERVACIÓN DEL PATRIMONIO: Estudio de su evolución en Puerto Rico y su comparación con el caso de CUBA y otros países antillanos

Originalmente sometido como un proyecto académico para una clase en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe en mayo de 2011. Compartido para ampliar el conocimiento sobre el patrimonio en nuestra región. JOC

Aspectos preliminares y definición del tema

El fenómeno de la conservación del patrimonio como disciplina surge como una reacción a los cambios acontecidos, en lo material y las mentalidades, en el mundo renacentista[1]. Anteriormente lo que existía era el monumento recordatorio o el objeto o lugar preñado de asociaciones trascendentes en lo espiritual. El hábitat de la cotidianidad se renovaba constantemente con formas y técnicas tradicionales legadas por la costumbre, el habitus edificatorio que llevaba al inconsciente práctico formas específicas de configurar espacios, edificios y conjuntos habitados. Distaba de ser algo perfecto: a menudo falto de higiene o de tranquilidad regeneradora, pero aun así destilaba la experiencia cotidiana con los significantes conocidos y entendidos en la praxis de la vida. En fin, ese entorno pre-patrimonial era una materialidad de reglas, costumbre y ajuste del individuo a los espacios resultantes. Ese mundo del vernáculo fue objeto por siglos y milenios de un proceso de prueba y error, de una dialéctica de formación de los objetos por sus formadores, y de los formadores por sus objetos.

En el Renacimiento, se dio por fin la posibilidad de que la lógica y la racionalidad fueran los principios ordenadores del mundo y al pasar a la Ilustración dieciochesca se confirmó esa posibilidad. El pensamiento utópico y el trascender las percibidas rémoras del pasado permitieron crear entusiastamente nuevos hábitats sin referentes al pasado, orientados solo a la posibilidad de una humanidad perfeccionable[2]. Es entonces que Occidente siente la ruptura del pasado y se lanza entusiasta y optimistamente a buscar su futuro. Lo viejo es meramente antiguo y prescindible excepto aquello que tiene un valor monitivo, el monumentum salvado por su naturaleza conmemorativa; luego a esto se añaden los primeros monumentos históricos agraciados por la singularidad de su significado en tiempos que la historiografía perseguía los puntos de articulación, los eventos que actuaban como goznes entre épocas; y los heroicos protagonistas – mundanos o ultraterrenos – de esas hazañas[3].

Durante el siglo xix se cimentaron las corrientes filosóficas sobre el patrimonio, sin aun haber definido el alcance que el campo tendría posteriormente, con sus portavoces más conocidos:

  • John Ruskin (1819-1900), inglés, con su socio William Morris; para quien el tiempo y el cambio son parte esencial del patrimonio, y la huella de los siglos no puede desentenderse – postula que eventualmente los monumentos pasan igual que las personas, y que las ruinas deben entregarse a la naturaleza para que esta haga su trabajo[4];
  • Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc (1814-1879), francés quien postuló la teoría de la anastilosis o perfectibilidad de los monumentos y la autoridad de las generaciones actuales de terminar la obra iniciada por los antepasados, dilucidando las intenciones estilísticas de sus primeros autores[5];
  • Y el italiano Camillo Boito (1836-1914), formulador de la teoría metodológicamente científica del restauro, en cierto sentido intermedia entre ambas, con postulados que han sido responsables de “parir” muchas de las doctrinas modernas sobre tratamiento de patrimonio, y criterios plasmados en la normativa internacional y muchas praxis nacionales[6].

Boito estableció varios conceptos que aun hoy informan a la concepción del patrimonio, tales como la valoración diferencial, los distintos niveles de intervención posibles en un edificio histórico, y la diferenciación de las intervenciones de un tiempo posterior (el actual) con respecto a aquellas de la época original de construcción del monumento. Su discípulo, el arquitecto Gustavo Giovannoni, refinó esta visión con sus escritos y praxis, enfatizando el estudio previo y colectivo de la obra a intervenirse, y la valoración del entorno del monumento[7].

La Carta de Atenas de 1931 significó la consolidación de la teoría moderna patrimonialista. Establece como puntos salientes:

1. La conservación preferente a la restauración, que debe verse como obra de reparación de emergencia;

2. Respetar las huellas de todos los periodos significativos de los monumentos;

3. El uso de materiales modernos claramente diferenciados, con “empleo juicioso” de los mismos, para su reparación,

4. El trabajo en equipo interdisciplinario en colaboración con científicos, y la difusión y posible cooperación internacional sobre los proyectos en proceso;

5. La creación de zonas de amortiguamiento alrededor; y

6. Los inventarios nacionales de monumentos.[8]

Estos criterios serían aplicados durante años subsiguientes en el rescate sobre todo de los monumentos de las grandes culturas mediterráneas, a veces subyacidos por un programa político como lo fue el rescate de los Foros Romanos para legitimar el fascismo mussoliniano en Italia.

En Estados Unidos, país comparativamente “joven”, el conservacionismo tuvo un arranque más lento, asociado inicialmente con el salvamento de los landmarks vinculados con el nacimiento y crecimiento de la nación y sus próceres, y - dada la escasez de antigüedades cargadas de simbolismo apropiado - la erección de monumentos conmemorativos específicos, generalmente usando estilos neoclásicos, para simbolizar el afecto a patriotas, militares y políticos de renombre. Más adelante, a fines del siglo xix, sin embargo se convertiría en país precursor del manejo del patrimonio natural[9].


Inicios de la conservación patrimonial en Cuba, Puerto Rico y otras Antillas

En las Antillas el inicio de una conciencia conservacionista se pierde en el tiempo. Se presume que los indígenas santificaban rasgos naturales significativos tales como montañas, cuevas, peñones y posiblemente árboles, siendo un ejemplo conocido de esta práctica el mogote calizo denominado “Cemí de Caguana” junto al parque ceremonial homónimo en Utuado. Y los lugares sagrados para sus sendas creencias definitivamente fueron sitios de respeto y veneración, tanto para taínos como para los colonizadores llegados luego de 1508 en Puerto Rico y 1511 en Cuba. Pero su valor era admonitivo y no patrimonial en el sentido moderno, siguiendo el análisis de Françoise Choay[10].

Durante la era colonial se levantaron escasos monumentos, que eran los puntos fijos de la memoria durante estos siglos. Las estatuas de los monarcas borbónicos y de los colonizadores debieron haber sido los primeros. Ahora se sabe que durante la restauración constitucional de 1820-1823 se hicieron obeliscos conmemorativos en las polvorientas plazas de los pueblos, como reflejan los dibujos contemporáneos de Puerto Rico legados por el explorador francés Auguste Plée[11]. Otros monumentos de piedra surgirían, a veces financiados por suscripción popular.

Mientras, los pueblos y ciudades, en su mayoría centros agrícolas o de comercio regional, se levantaban: fuera en retícula, o en patrones radiales (como Hormigueros y Camagüey). Normalmente se renovaron, primero dentro de un vocabulario vernáculo adaptado de influencias culturales diversas, no necesariamente españolas todas; y ya atisbando a fines del siglo xix un mayor gusto por el detalle neoclásico simbolizante de las clases hegemónicas del poder local[12]. Sin embargo la técnica arquitectónica avanzaba de forma incremental y dialéctica, sin grandes rupturas formales ni la intrusión de vanguardias radicales. Las premisas constructivas seguían siendo fieles a aquellas de décadas atrás, solo que con ropajes de modernidad.

La poca convocatoria patrimonial de lo ya edificado se simbolizó en Puerto Rico con el derribo lento de las murallas de La Habana a partir de 1863[13] y parte de las de San Juan, precedidas de una ruidosa fiesta, en 1897[14]. En ambos casos los macizos muros eran vistos como rémoras premodernas que impedían la expansión urbana y el futuro yacía en las nuevas y más saludables periferias a las cuales en estos años se trasladarían las élites de ambas capitales. Mientras, en los centros, continuaba el proceso de reemplazo y modernización de edificios sin otra cortapisa que los reglamentos básicos de ornato e higiene, respetando algunos edificios más bien por la falta de capitales de sus titulares que por cualquier valoración intrínseca.

La conservación de distritos urbanos es un fenómeno relativamente reciente en la historia. Aunque se sabe que la preocupación con salvar edificios importantes del pasado surgió tan temprano como en el siglo v d.c. en la Roma ya cristianizada y en decadencia, la conservación de ciudades, aun en Europa, es un fenómeno surgido masivamente a mediados del siglo xix y posterior[15]. En Norteamérica la ordenanza más antigua conocida en una ciudad importante es la de Charleston de 1931 seguida por Nueva Orleans en 1936, con protección por parte de la constitución estatal de Luisiana[16]; y en Latinoamérica las reglamentaciones fueron posteriores a la segunda guerra mundial.

Las Antillas son un elaborado palimpsesto de sobre media docena de influencias europeas directas, y muchas más indirectas; superpuestas a los “genes” sobrevivientes de los pueblos indígenas y al influjo involuntario de africanos arrastrados a la servidumbre. En realidad, todas las culturas que confluyeron sobre el Archipiélago dejaron testimonios culturales inclusive sobre la cultura del hábitat. El resultado ha sido una arquitectura, mayormente de estirpe popular, construida en madera junto con materiales duros, de una sorprendente variedad y usualmente adaptada a la circunstancia del trópico. En la socorrida imagen del “Caribe” para consumo del turista a menudo se presentan, además de playas con cocoteros y cerros verdeantes, la imagen del pueblo multicolor y “sonriente”, abundante en galerías que invitan al fresco, y con fuerte sabor vernáculo[17]. Los antillanos saben que este hábitat es mas parte de la nostalgia que la realidad: una arquitectura más árida y moderna, o más pobre y urgente, enmarca la cotidianidad de millones.

Las formas exóticas que se impusieron luego de 1950 interrumpieron la evolución dialéctica de los estilos tradicionales y – como es particularmente evidente en Puerto Rico – provocaron el correr por refugio tratando de recrear la vieja espacialidad en materiales como hormigón armado y vidrio, intrusos abruptos en la cultura de la construcción[18]. En otros países se adoptó la vivienda colectiva o prefabricada, como el caso de Cuba, y también se dio una cierta alienación del entorno tradicional respecto al contemporáneo. Hoy día todos los países antillanos – igual que casi todo el resto del planeta - buscan rescatar una identidad edilicia mediante algún grado de mirada al patrimonio tradicional, sea para enmarcar una cotidianidad más interesante o fomentar el turismo. ¿O como una forma de reivindicar una sociedad en perenne resistencia?

En esta parte del ensayo se comparará la evolución del patrimonialismo durante el siglo xx entre los países de Cuba y Puerto Rico – gobierno soberano, colectivista y socialista uno, dependiente, capitalista y librecambista el segundo – y los derroteros que han tenido estas praxis a la luz de condicionantes históricos, culturales y económicos, entre otros.


Conservacionismo patrimonial en Puerto Rico hasta 1950

Todavía en América los centros urbanos eran vistos en los albores del siglo xx como rémoras y recuerdos de pasados de escasez y miseria. Las partes antiguas eran simplemente “viejas”, con aroma de decadencia e inmodernidad. Muchas élites poseedoras las convirtieron en viviendas precarias. También en áreas desocupadas próximas a los centros se levantaron apartamentos colectivos más o menos improvisados: las barracas en Puerta de Tierra (Puerto Rico) y los historiados solares de Centro Habana (Cuba)[19]. Seguirían siendo las sedes del poder y zonas de los domicilios de los gobernantes. Su conservación en estos años en gran medida se debió a la falta de capital liquido de muchas familias poseedoras, el desvío de otros capitales a sectores mas nuevos de las ciudades, y a los laberintos del derecho sucesoral que no clarificaban – a veces por décadas enteras – las titularidades de los edificios al fallecer sus dueños originales.

Excepcional fue en este tiempo el esfuerzo del Club Cívico de Damas y varios ciudadanos que lograron en 1923 evitar la demolición – bajo pretexto de mejorar el transito – de la capilla del Cristo en San Juan, consiguiendo que el gobernador Yager diera ordenes al municipio de abstenerse de demoler el venerado oratorio. Posteriormente hubo un intento de demoler el teatro municipal (Tapia) que durante los años 1930 se utilizaba como almacén de materiales, para construir en su lugar un edificio para la recientemente reiniciada Lotería. José Alegría, padre de Ricardo, seria participante de estas dos campanas, especialmente la del teatro[20].

Las ciudades de provincia, afectadas además por la macrocefalia capitalina, sufrieron un estancamiento mayor y la tasa de renovación de construcciones solo se activaba en momentos de desastre natural (huracanes o terremotos) o al ocurrir bonanzas económicas ligadas a las cosechas de monocultivo. Esto último fue evidente en la renovación de pueblos como Comerío y Cayey hacia 1918-1923 por el tabaco[21], y por varios años adicionales en los pueblos cañeros o exportadores como Humacao, Ponce, Arecibo, partes de Guayama, y otros. Algunas empresas cañeras decidieron levantar nuevos hábitats para sus empleados más esenciales, de donde surgieron los poblados de Aguirre en Salinas y Ensenada en Guánica, así como otro de la central Fajardo en el municipio homónimo. Otros países agroexportadores de la región pasaron por un fenómeno similar, especialmente los de las Antillas Mayores.

La terminación de dos décadas de estancamiento hacia 1945 renovó la modernización del entorno antillano, por medio del turismo y la industria liviana. De este punto se dio una imbricación intensa, particularmente en las islas menores, entre patrimonio y turismo, estableciendo una relación virtualmente unívoca entre ambos: el patrimonio servía como un medio para atraer divisas a las economías pero no tenía un valor intrínseco. Tampoco existía un afán por actualizar los listados de monumentos. Esto lo demostró en Puerto Rico la Junta Conservadora de Valores Históricos, organismo ligado al Departamento del Interior y fundada por la ley 27 del 23 de abril de 1930[22]. Apenas nombró un puñado de lugares en sus veintiún años de existencia, y a pesar de su nombre no tenia poder regulatorio alguno. Mientras se iniciaron las primeras intrusiones modernas en la ciudad amurallada, y surgían presiones para densificar la ciudad, donde ya en 1938 el edificio del Banco Popular alcanzaba los once niveles, sustituyendo el de tres niveles (ca. 1890) del difunto Banco Territorial y Agrícola.

El periodo de la expansión económica por medio de la industrialización primero sustitutiva de importaciones y promovida por el Estado, y luego fundamentada en ventajas de diferenciales de sueldo y exoneraciones fiscales de 1947 en adelante para inversionistas foráneos, causó un aumento en el consumo aparente[23]. Aparecieron las primeras urbanizaciones modernas construidas al margen de los pueblos tradicionales, tales como Caparra Heights y Puerto Nuevo en el municipio de Rio Piedras, y un programa de casas en apartamento para alojar a los residentes en villas miseria precarias construyó 45 mil viviendas en tres décadas[24]. En los años 1950 el comercio empezó a salirse del centro, con la construcción de los primeros complejos comerciales accesibles por automóvil en Río Piedras y Ponce.

Y empezó un proceso de sustitución de edificaciones en todas las zonas antiguas del país, inclusive San Juan Antiguo: pero en esta ciudad la velocidad del mismo fue frenada por dos factores, uno legal y otro social. La cantidad de propiedades poseídas por sucesiones y la autoridad titular que le ley de herencia puertorriqueña otorga a las mismas, hacían muy difícil la disposición de muchas de las casonas sanjuaneras. Muchos propietarios o administradores de sucesiones arrendaron cuartos antihigiénicos y covachas a personas pobres. En varias partes de la ciudad se levantaron pensionados y hoteles insalubres, igualmente casas de prostitución que satisfacían la lujuria de los numerosos militares estadounidenses acantonados entonces en Fort Brooke (El Morro) y la cercana base naval. Las rancias familias de viejos ricos, comerciantes y terratenientes a menudo con fuerte raigambre española optaron por trasladarse al distrito de Miramar, unos tres kilómetros al este[25].

Los dos grandes fuertes de la ciudad seguían controlados por el Ejército norteamericano y el campo del Morro, usado otrora para maniobras y para proteger la zona civil de bombardeos, tenía varias barracas rectangulares en hormigón y un extenso campo de golf vedado al disfrute ciudadano. Las periferias extramuros eran almacenes o viviendas densas dentro de sus viejos cascarones, aun subsistían ranchones en partes de Puerta de Tierra – junto con un residencial público construido antes de 1950 que “limpió” los arrabales de casuchas sobre manglares. Solo el eje institucional, entre el que fuera hasta 1942 Casino de Puerto Rico y la Escuela de Medicina Tropical al este del Capitolio, expresaba cierto esplendor, concentrando la vida de ocio de los sectores más cultos o adinerados. En fin, la vitalidad urbana había migrado al distrito de Santurce, locus de edificios altos, cinematógrafos, muchas instituciones públicas y una fuerte vida profesional[26].

El punto medio del siglo xx presentaba una capital de sobre doscientos mil habitantes a punto de hacerse metrópoli de un territorio mayor a conquistarse como suburbio. San Juan con Santurce había crecido sin plan, como aglomeración formada por tres ingredientes: el poder autoritario del dinero o de la ley conquistando fragmentos del territorio; la lógica de la especulación desenfrenada que formó el esquema irregular de manzanas largas especialmente en Santurce, y la necesidad desesperante de los habitantes precarios, llenando los intersticios que otros dejaron libres. En esto el asentamiento amurallado antiguo, la avanzada colonizadora, era un apéndice periferal, con cierta importancia por retener parte del poder político y económico, pero no foco de desarrollo. Esto no impidió sin embargo que muchas personas reclamaran el rescate de su centralidad reedificando con alta densidad, “un Nueva York chiquito” como algunos le comentaran a don Ricardo Alegría[27].


Conservacionismo patrimonial en Cuba hasta la Revolución de 1959

La capital de Cuba mostraba otro perfil. La ciudad había empezado a crecer expandiendo su retícula hacia el oeste, tomando ventaja de una geografía menos accidentada salvo el cauce del rio Almendares. Su importancia como ciudad comercial y aglutinadora de toda la mitad occidental del país, y una expansión temprana – ya tenia un cuarto de millón de habitantes, sobre ocho veces la cantidad de San Juan – le había dado un carácter más ordenado en la retícula de Habana Centro, la cual a su vez se prolongaba en el nuevo ensanche del Vedado, a su oeste. Las zonas de trazado irregular como El Cerro y Jesús María eran más bien excepciones al patrón, y a menudo focos de miseria.

Hubo varios intentos de planos reguladores en La Habana republicana. Los primeros dos conocidos fueron el de Enrique Montoulieu de 1922 y otro del arquitecto municipal Pedro Martínez Inclán en 1925. Ambos eran formales y basados en grandes ejes. El plan urbano más ambicioso e influyente esbozado en esta época, aquel planteado por el arquitecto y urbanista francés Jean-Claude-Nicolas Forestier desde 1926, amarraba la ciudad con una red de bulevares y parques que impartían “orden” y “legibilidad” al paisaje, muy a diferencia del parque Muñoz Rivera – también de esa época – en San Juan, el cual, aunque provee espacio verde y reconoce presencias históricas previas, no define el sector, no crea nuevos ejes, ni hace a la ciudad más entendible. El plan Forestier hizo suyo las alamedas previamente hechas sobre los restos de las murallas habaneras, y formó otros ejes que se extendieron eventualmente hasta los suburbios occidentales (Rancho Boyeros, Marianao, etc.)[28].

La Habana si compartió un proceso de migración interna de las clases adineradas, las cuales saltaron mayormente de la Habana Vieja al Vedado, creando un fenómeno de subdivisión parcial del centro antiguo, si bien como en la capital puertorriqueña un punado de familias resistieron el desplazamiento. Sin embargo el hacinamiento principal ocurrió en el sector Centro Habana, urbanizado desde mediados del siglo xix con casas de apartamentos de tres a seis niveles; y fue como antes dicho el foco de los celebres solares o grupos de habitaciones con patio común que eran el hábitat de muchos trabajadores asalariados de la ciudad.

La Habana Vieja hacia 1950 mantenía su forma histórica aunque afectada por edificaciones posteriores a 1900 aunque estas usualmente mantenían la escala y altura de sus predecesoras. Pero mantenía su integridad por razones posiblemente similares a las de San Juan. Pero no había perdido su centralidad: era el nudo de carreteras, ferrocarriles y transportes marítimos y por lo tanto sujeta a grandes presiones de “desarrollo” (reconstrucción a niveles más rentables) que se acelerarían durante el auge del turismo dependiente de la posguerra. La disponibilidad de fondos para invertir de sindicatos de la mafia trinacional (italo-judeo-irlandesa) radicada en EE.UU. y el exotismo de su “otredad” – algo que un enclave en territorio nacional y antiguo despoblado, como Las Vegas, no poseía – entre otros, iniciaron la reedificación acelerada habanera aunque en inicio concentrada en la colindancia de los distritos de Centro Habana y el Vedado, emplazamiento de los flamantes hoteles-casinos del playground de los extranjeros venidos del vecino país del norte[29].

Parte del trabajo de identificar el acervo histórico habanero – lugares, documentos, bienes muebles de valor cultural y eventos importantes – había empezado con las preocupaciones sobre el crecimiento urbano hacia 1927. Entonces, el alcalde Miguel Antonio Gómez designo al historiador y académico Emilio Roig de Leuchsenring como “Comisionado Intermunicipal” de la ciudad, y parte de su misión era investigar sobre temas de historia habanera. Aunque perdió este trabajo por la represión del entonces presidente Gerardo Machado, Roig de Leuchsenring fue nombrado, esta vez Historiador de la Ciudad de la Habana en 1933 por el alcalde Guillermo Belt; el sucesor de este, Antonio Beruff Mendieta, lo hizo jefe de una oficina autónoma cinco años más tarde. Por décadas la función del Historiador fue ante todo una de asesorar a las autoridades del municipio sobre elementos históricos de la ciudad, los monumentos y edificios incluidos, donde tenía la capacidad de gestionar y dirigir proyectos de obras. También la Oficina administraba un museo municipal. Fundamentalmente, esta oficina mantendría estos papeles durante las siguientes décadas hasta bastante entrada la Revolución, ya siendo el historiador Eusebio Leal Spengler (discípulo de Roig de Leuchsenring) su director desde 1967 en adelante[30].

Contradictoriamente a su afán expreso de defender el patrimonio, y para legitimar su presencia a la modernidad, las autoridades habaneras en 1957 solicitaron a Josep Lluís Sert, arquitecto catalán exiliado tras la guerra civil española en Estados Unidos, un nuevo plan maestro siguiendo los lineamientos de la arquitectura moderna. Una variante de la ciudad radiante corbusierana, hegemónica ideológicamente gracias a los postulados del ciam, dejando acaso unos escasos referentes del pasado, y en mas de un sentido removido de la realidad dura de un país tercermundista dependiente de monocultivos, tomaba a La Habana como una tabula rasa. El plan de Sert de hecho proponía atravesar el centro de la ciudad vieja con un eje de edificios modernos de apartamentos y modernizar con supermanzanas el resto de la vieja ciudad, posiblemente dejando las viejas fachadas como el referente del pasado[31]. Una de estas manzanas, el edificio del ministerio de Educación realizado con fachadas volumétricas y brutalistas, llego a ser construida al oeste del palacio de los capitanes generales, en el emplazamiento antiguo de la Universidad, en 1958, año víspera de una revolución inesperada por las autoridades.

La revolución, originalmente creída como una reforma humanista y nacionalista que superaría la dictadura y la corrupción de Fulgencio Batista, pero manteniendo a Cuba en las márgenes del capitalismo dependiente, evolucionó a un intento serio y determinado de implementar el socialismo en un país pobre, agrario y proletarizado. En el territorio florecieron dos grandes cambios, la reforma agraria que socializó la gran parte de los latifundios cañeros y de tabaco, y la urbana que persiguió dar sobre todo vivienda adecuada sobre todo a los miserables subproletarios urbanos, y a los guajiros del campo.

Hasta la revolución, las ciudades cubanas – y ante todo La Habana – eran centros de prosperidad para una burguesía recientemente redefinida por el auge de los servicios y el turismo. Una vez la revolución se encaminó a una insospechada redistribución de los recursos, las viviendas desocupadas, fuera por el abandono o el exilio de sus moradores, o fuera lujosa o relativamente humilde, fueron asignadas a habitantes que hasta entonces malvivían en chozas insalubres, en la calle o sin espacio suficiente. No todos los problemas de hacinamiento fueron resueltos, pero la proliferación de arrabales prácticamente se detuvo al contenerse la migración rural-urbana mediante medidas económicas y legales que mantenían a los campesinos en sus zonas de origen.

La socialización del trabajo y la prioridad al desarrollo rural provoco una ralentización considerable en las actividades constructivas en las ciudades y una paralización del plan Sert. También se suspendió la importación de automóviles privados en 1961 lo que evitó las congestiones vehiculares como las que desde esos tiempos empezaron a plagar a San Juan, y por las cuales hubo amenaza de pérdida de edificios hasta en la misma ciudad antigua.


Conservación patrimonial en Puerto Rico, 1950 a 1980

El rescate de la parte antigua, amurallada, de San Juan se empezó a ponderar con cierta seriedad hacia 1934, año en que se indica que se hicieron dos estudios por técnicos del National Park Service de Estados Unidos[32]. El debate se movió a la opinión pública y la prensa, y la década de 1940 - en la cual varias reformas aumentaron el grado nominal de autogobierno de los puertorriqueños hasta la obtención de un gobernador electo desde 1948 – fueron de intensa reflexión. En 1948 don Adolfo de Hostos, hijo del patriota Eugenio María y entonces Historiador Oficial de Puerto Rico, publico su obra seminal Ciudad murada, una historia de San Juan durante la colonia española[33]. Aun siendo libro de enfoque institucionalista y metodología positivista, Ciudad murada indudablemente ayudó a crear un clima favorable a la conservación sanjuanera, aspecto en el cual tras su retiro del puesto oficial en 1950 Hostos acometió con bastante pasión junto a otros intelectuales y líderes cívicos.

En esta década se enfrentaron dos tendencias culturales contradictorias: una “universalista” orientada a la cultura dominante del Norte global, modernizante y de ruptura con la tradición, y una de corte nacionalista, reivindicadora de los valores nacionales (puertorriqueños) y de continuidad – a veces reencuentro - con la tradición. Ambas se enfrentaron en la arena del territorio insular. La primera dejó una gran cantidad de edificios fabriles, las primeras iteraciones de un nuevo suburbanismo indiferente a la forma urbana tradicional y el ingreso de Puerto Rico a una arquitectura moderna con los edificios de Osvaldo Toro y Miguel Ferrer tales como el hotel Caribe Hilton de 1948, o las obras de Heinrich (Henry) Klumb de la década siguiente en la Universidad de Puerto Rico[34]. La segunda tendencia prohijaría al regreso del castellano como idioma de enseñanza escolar y, en la arquitectura, al movimiento conservacionista.

El conservacionismo puertorriqueño fue fuertemente influido por las ideas que, de forma no exclusiva, esgrimió Ricardo Alegría. Adolfo de Hostos, Eugenio Fernández Méndez, y otros propusieron un régimen legal de protección a la ciudad amurallada. El gobierno recién estrenado de Luis Muñoz Marín, promulgo la ley 374 del 14 de mayo de 1949 que facultaba a la Junta de Planificación, organismo formado solo siete años antes, a poder declarar zonas de valor histórico o interés turístico. Esta ley indicaba en su Artículo 4 que:

“Es una zona antigua o histórica, un área dentro de la cual los edificios, estructuras, pertenencias y lugares son de básica y vital importancia para el desarrollo cultural y del turismo por la asociación de los mismos con la historia, por su particular estilo colonial español, incluyendo color, proporciones, forma y detalles arquitectónicos; por ser parte o relacionarse con una plaza, parque o area cuyo diseño o disposición general debe conservarse y / o desarrollarse acorde a determinado plan basado en motivos o finalidades culturales, históricas o arquitectónicas en general.”

Bajo esta base, y con el trabajo y cooperación por parte del entonces presidente de la Junta, el Dr. Rafael Picó, se declaró la Resolución Z-7 el 28 de marzo de 1951, que formalizaba la protección de la ciudad amurallada de San Juan como zona histórica. De acuerdo con el Artículo 4 de dicha resolución,

La base que confirma la [designación] consiste de estudios de investigaciones hechas por el Gobierno Federal, por los historiadores de la Capital, de la Universidad de Puerto Rico, de la Oficina de Turismo, de los Consultores Kenneth Chorley y A. Edwin Kandrev, de Colonial Williamsburg, Va., y del Consultor Mario Buschiasso [sic], de Argentina.

Para confirmar las opiniones e investigaciones antes mencionadas, la Oficina de Turismo hizo un estudio del “casco” con el fin de determinar el carácter de la zona histórica en cuanto a tipos de edificios. Los edificios se clasificaron en dos categorías principales: (1) edificios públicos, edificios históricos y edificios de estilo colonial español; (2) edificios de diseño moderno o modernístico en su arquitectura. Se encontró que 90% de los edificios dentro de la zona histórica y antigua propuesta, pertenecerían a la primera categoría.

Esta designación molestó a numerosos propietarios y hubo intentos de presión política para anular o condicionar la misma. La zona protegía un total de 890[35] propiedades diferentes dentro del perímetro amurallado de la ciudad tal y como existía anterior a 1897, mas una zona de la Puntilla. La ley 374 sin embargo tuvo una importante omisión, ya que no permitía la designación administrativa de edificios individuales fuera de una zona histórica por parte de la Junta. Esto se subsanó con una segunda ley, la ley 3 del 2 de marzo de 1951. Esto permitió la designación de monumentos individuales en varios pueblos y ciudades, generalmente estructuras militares, iglesias, edificios públicos y ruinas, en gran medida recogidos en la extensa lista desarrollada por el Arq. Mario Buschiazzo, argentino traído como consultor, hacia 1949. Con esta ley se derogó aquella de 1930 de la inefectiva Junta Conservadora de Valores Históricos y por otra parte se facultó al Departamento del Interior el arreglo y conservación de las estructuras propiedad del estado o municipios.

El reglamento de manejo del patrimonio edificado (Reglamento de Planificación número 5 de Zonas Antiguas e Históricas) se promulgó el 25 de abril de 1951 y luego fue levemente revisado en 1954. Este reglamento de solo 14 páginas en su versión original estableció un criterio paramétrico de intervención en lugares de valor histórico. En el Artículo 4, “Fachada de Edificios y Estructuras”, se lee:

“… el propósito primordial en la interpretación y administración de la Ley será lograr que tanto las fachadas de los edificios y estructuras así como el interior, reparto y otras características de los mismos estén en armonía con los estilos existentes en dicha zona.”

En San Juan, se estableció como referente el estilo “español colonial”[36]. Igualmente, la ley 7 del 4 de abril de 1955 también privilegiaría el “estilo colonial hispano” como requisito para exoneración de impuestos territoriales o sobre ingreso de alquiler para edificios rehabilitados (luego, a extenderse a edificios nuevos o modernos “armonizados”). El estilismo excluyente de esta normativa, si bien empezó a concienciar sobre un momento del pasado nacional, luego se haría camisa de fuerza frente a la verdadera diversidad de formas y orígenes del patrimonio edificado puertorriqueño.

Entonces entró en escena el flamante Instituto de Cultura Puertorriqueña (icp). Esta agencia de estado fue creada mediante el Proyecto de la Cámara de Representantes número 1381 del 2 de junio de 1955 sometido por su presidente, Ernesto Ramos Antonini, y tras varias enmiendas, firmado por el gobernador Muñoz Marín el 21 de junio de ese año como la ley 89[37]. El icp surgió como respuesta a una percibida crisis de identidad puertorriqueña que se había ido articulando desde largo tiempo y que fue evidente en un foro celebrado en el Ateneo Puertorriqueño el 29 y 30 de junio de 1940 del cual se conservan y han editado en forma de libro las ponencias[38]. En los años subsiguientes bajo las sustanciales reformas del estado y la articulación de unas políticas de desarrollo económico orientadas al urbanismo y la industrialización (primero nativa y luego foránea) muchos intelectuales plantearon la necesidad de un contrapeso cultural.

Modelo mayúsculo de un organismo cultural de estado fue para toda Latinoamérica el Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah) dentro de la Secretaria de Educación Pública de México[39]. El inah fue creado el 3 de febrero de 1939 durante la presidencia nacionalista y ampliamente reformista de Lázaro Cárdenas del Río. Tuvo y tiene como propósito expresado en el Artículo 2 de su Ley Orgánica[40]:

“…la investigación científica sobre Antropología e Historia relacionada principalmente con la población del país y con la conservación y restauración del patrimonio cultural arqueológico e histórico, así como el paleontológico; la protección, conservación, restauración y recuperación de ese patrimonio y la promoción y difusión de las materias y actividades que son de la competencia del Instituto.”

Fue particularmente feliz enfocar – lo que a conocimiento de este autor, nunca se había hecho en un organismo a cargo de patrimonio – el aspecto antropológico, lo que indudablemente impresionó al antropólogo puertorriqueño Ricardo Alegría, primer director del icp y quien había conocido del inah por su contacto en los años 1940 con el antropólogo mexicano Alfonso Caso, a quien idolizaba, al estudiar doctorado en Harvard[41]. Alegría, por más de diecisiete años, impartió al icp un sesgo orientado a la salvaguarda de manifestaciones culturales que la atroz “modernización” de ese tiempo había puesto en peligro de desaparición. (Sin embargo Alegría, en entrevista con Pedro Reina, declara haber sido inspirado en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (cce), la cual fue fundada el 9 de agosto de 1944 bajo la presidencia de Velasco Ibarra y dirigida inicialmente por el escritor y ensayista Benjamín Carrión[42]. Sin embargo esto no explica el asunto del patrimonio ya que la cce solo adquirió jurisdicción sobre dicho quehacer entre 1978 y 2008, por medio de un Consejo Nacional de Patrimonio. Fuera de ese periodo la cce ha enfocado en artes plásticas, representativas y literarias y su enfoque antropológico parece ser más limitado.)

Desde su inicio el icp recibe injerencia y responsabilidad por el manejo del patrimonio edificado; mediante su supuesta capacidad de “[d]eterminar que edificios y estructuras son de valor histórico y artístico en Puerto Rico”[43], recomendar medidas de protección para ellos; y controlar su manejo por el mecanismo del endoso o carta de aprobación de obras propuestas. Tuvo el Instituto, a fuerza de las enérgicas posiciones sostenidas por Alegría y su Junta de Directores, que agenciarse el respeto de propietarios de la vieja capital, quienes sin importar el requisito de endoso iban a imponer su capricho o urgencia. En más de un caso el icp tuvo que proponerse la adquisición urgente de edificaciones cuyos propietarios estaban prestos a demoler, como la residencia de doña Luisa Géigel - hoy Casa del Callejón y Museo de la Familia [o sea, familia burguesa capitalina] Puertorriqueña del siglo xix - y, aunque en extramuros, la propiedad de la empresa Bacardí en Puerta de Tierra, posteriormente adquirida y convertida en sede del Archivo y Biblioteca General de Puerto Rico[44]. Otros lugares valiosos, como la zona de almacenes comerciales de La Puntilla en 1968, fueron eliminados por la piqueta.

Arrancar el programa patrimonial del icp necesitó de alianzas desesperadas. Alegría tuvo que valerse de los fondos custodiados por Teodoro Moscoso, director de la Administración de Fomento Económico, para lograr varias adquisiciones[45], a pesar de que Moscoso, “universalista” por excelencia dentro del gobierno, no comulgaba con el afán de Alegría de rescatar tradiciones y antigüedades “locales”. Las simpatías de Muñoz a la obra de Alegría, sin embargo, pudieron lograr que los fondos para adquisición y reparación de edificios fuesen llegando y ya en 1973 el Instituto había rescatado y arreglado 30 edificios públicos en todo Puerto Rico[46] y promovido obras en otros 197 edificios privados en San Juan[47]. De hecho, el proyecto paciente y tenaz de recuperación de la capital puertorriqueña resultó modélico y hubo solicitudes a Alegría que ayudara a montar proyectos similares en la República Dominicana incluyendo el arranque de la ciudad colonial de Santo Domingo; St. Augustine en Florida (EE.UU.), Cartagena de Indias, Kingston, Cap-Haïtien, Christianssted, e inclusive la antigua metrópoli virreinal - hoy capital peruana - de Lima; y la ciudad canadiense de Toronto[48]. En Puerto Rico, otros proyectos también estaban en preparación: en su informe de despedida del icp en 1973, además de exponer el “logro” de la implantación de la zona histórica de Ponce (a mencionarse luego en este ensayo), Alegría indicó que:

Nuestras recomendaciones para proteger… el núcleo central de nuestras ciudades ha sido aceptado por la Junta de Planificación para los pueblos de Aguadilla y Guayama.”[49]

También durante esta época se logró en 1961 la salida del Ejército – no sin resistencia - de las fortificaciones sanjuaneras, ya obsoletas para su fin militar y enseguida estas fueron habilitadas como museo bajo la titularidad del Servicio Nacional de Parques del gobierno de EE.UU. Bajo la tutela civil, aunque bajo autoridad federal, los “castillos” de El Morro y San Cristóbal se convirtieron en principales atractivos turísticos que también aceleraron otra actividad complementaria en la zona edificada de la ciudad, en cierta medida facilitando los heroicos esfuerzos de don Ricardo de levantar económicamente el decaído distrito. También Alegría y el Instituto tomaron posesión de la hasta entonces vedada Casa Blanca, antigua residencia de los Ponce de León y la más antigua estructura de su tipo en la ciudad. Con el paso del tiempo se habilitaría como museo y los jardines proveyeron espacio de desahogo verde para sanjuaneros y visitantes.

Toda esta fase del programa patrimonialista tuvo lugar en la capital, pero en 1962 la Junta de Directores del icp promulgó un área de unas 180 propiedades en las calles principales de Ponce como zona histórica, e igualmente el distrito de almacenes de la Playa, asentamiento costero de la ciudad sureña[50]. Sin embargo, la resistencia ponceña fue más acendrada e intensa y ocurrieron casi cincuenta demoliciones “clandestinas” que cobraron las estructuras de las casas Gelpi y Lahongrais del arquitecto Alfredo Wiechers, el antiguo Hospital Santo Asilo de Damas, el Teatro Broadway, y muchos otros lugares.

El paradigma colonial español implementado a Ponce también causó resultados aberrantes, ya que no se reconocía que la arquitectura ponceña tenía unas raíces distintas como ciudad cosmopolita y comercial, en gran medida formada por una burguesía comerciante y agrícola, no por el estado o el clero que ejercían mayor poder en San Juan. Las familias acaudaladas de Ponce generaron una arquitectura con elementos europeos, norteamericanos, antillanos y de otras influencias y en gran parte expresada en delicado trabajo en hierro y madera, a diferencia del ladrillo y la mampostería de piedra “hegemónicos” en la capital. En varias obras se forzó un “estilo sanjuanero” (edificio Vendrell en la calle Isabel, Tienda Felipe García frente a la plaza[51]) que leía como un pastiche y esto generó acusaciones (falsas) contra Alegría de poseer un negocio de vender balaustres para los balcones de las restauraciones[52].

En la capital el enfoque de esta primera época fue la de salvar el aspecto público, exterior – las fachadas – permitiendo concesiones en el arreglo de los espacios interiores. Inclusive se revirtieron cambios de fines del siglo xix y principios del xx que tenían significado propio para dar a los interiores un aspecto más afín a una imagen circulada por las primeras restauraciones modélicas del propio icp[53]. Inclusive Alegría instaló un depósito de materiales en los cuales los propietarios sanjuaneros podían adquirir y reutilizar materiales sacados de otras rehabilitaciones, públicas y privadas[54].

La normativa en vigor hasta 1980 tendió a crear varias categorizaciones de estilos a menudo hechas de forma improvisada o compilando atributos visuales o tectónicos, sin profundizar en las raíces históricas de los mismos. Obviamente la falta de una historiografía solida de la arquitectura puertorriqueña contribuyo a esa confusión. Esta apenas se movió hasta fines de la década de 1960 con la implementación de los programas patrimoniales del gobierno de Estados Unidos, los cuales tuvieron que integrarse al vigente patrimonialismo puertorriqueño por virtud de ley. En especifico la National Historic Preservation Act (ley 89-665 del 15 de octubre de 1966, 16 U.S.C.470 et seq., “nhpa”)[55], en su sección 101(a), estableció la necesidad de levantar una base de datos e inventarios de los lugares históricos de todos los estados, incluso el “estado” de Puerto Rico, justificado su valor con argumentos amarrados a la historia fuera esta de la arquitectura misma o de la construcción, o de personajes o eventos significativos. El gobierno federal asignaba fondos para estudios y evaluaciones, lo cual permitió una reevaluación de los análisis hasta entonces aceptados y, sobre todo, de las “categorías estilísticas” en uso en Puerto Rico, imprecisas y sin consenso[56], a diferencia de las usadas desde 1950 por los historiadores de arquitectura estadounidenses.

La ley federal también obligaba al gobernador de Puerto Rico (a la sazón Roberto A. Sánchez Vilella) a designar una State Historic Preservation Office (“shpo” - oficina del estado de conservación histórica) que sería enlace entre la agencia administradora estadounidense – el National Park Service del Departamento del Interior – y el gobierno puertorriqueño, sus subdivisiones y los ciudadanos, según la §101(b)(1) de dicha Ley. Toda iniciativa pagada, reglamentada específicamente o garantizada con fondos o programas federales tenía que evaluarse en cuanto su impacto sobre recursos históricos si bien no impedía a fin de cuentas su demolición o alteración (nhpa, §106). Esto tuvo impacto significativo en la obra pública gubernamental por la gran dependencia ya existente en fondos provistos por Washington para proyectos de edificios públicos o “infraestructura” (carreteras, electricidad, acueductos, etc.)

La ley federal también introdujo una normativa de obras e intervenciones sobre el patrimonio más detallada, en gran medida inspirada en los criterios de la Carta de Atenas previamente mencionada y en la más joven “Carta de Venecia” de 1964. La Carta de Venecia[57] enfoca ante todo en el respeto a la integridad total (tectónica, histórica, emplazamiento) de un lugar histórico, el establecimiento de normas de protección aplicables globalmente, reitera el trabajo interdisciplinario y la distinción antiguo-moderno postulados por las teorías boitianas y la Carta de Atenas, y añade el concepto de “obras modestas que han adquirido con el tiempo una significación cultural” (Artículo 1). Se fomenta ante todo la conservación tratando evitar la necesidad de restauración, la cual se ve como

“…una operación que debe tener un carácter excepcional. Tiene como fin conservar y revelar los valores estéticos e históricos del monumento y se fundamenta en el respeto a la esencia antigua y a los documentos auténticos. Su límite está allí donde comienza la hipótesis: en el plano de las reconstituciones basadas en conjeturas, todo trabajo de complemento reconocido como indispensable por razones estéticas o técnicas aflora de la composición arquitectónica y llevará la marca de nuestro tiempo.” (Artículo 9)

Esta carta informó las denominadas Secretary of the Interior’s Standards for Rehabilitation (Normas de rehabilitación del Secretario de lo Interior)[58] las cuales formaban los criterios oficiales para evaluar y aprobar proyectos de jurisdicción federal. El Instituto de Cultura Puertorriqueña, como primera shpo en Puerto Rico, adoptó la normativa federal y la utilizó también para la evaluación de proyectos estatales y privados junto con el Reglamento 5.

También la ley federal de 1966 impuso la creación de un inventario nacional denominado National Register of Historic Places, el cual servía como herramienta de documentación básica e identificación de lugares patrimoniales valiosos – fuera a nivel nacional, “estatal” o local - bajo la bandera estadounidense. Algunos de estos sitios - en el caso de Puerto Rico, por ejemplo, las ruinas de la casa Ponce de León en Guaynabo y el centro indígena ceremonial de Caguana en Utuado, y los fuertes de San Juan - progresaron con el tiempo a designarse monumentos nacionales de ee.uu. o National Historic Landmarks, un nivel de reconocimiento más prestigioso pero exigente.

El icp, actuando de shpo de Puerto Rico, tuvo un feroz enfrentamiento en 1978 con el gobernador de entonces, Carlos Romero Barceló, sobre el destino del sector La Perla, reglamentado en lo federal ya que las murallas colindantes quedaban (y aún quedan) bajo esa jurisdicción. El icp, ya bajo su segundo director Luis Rodriguez Morales, y valiéndose de su interpretación de los Standards, no favorecía el desplazamiento de la antigua comunidad pero funcionarios vinculados con Romero sí, a favor de redesarrollar el barrio pobre del extramuros norte como un sector de viviendas y hoteles de lujo. La reacción romerista fue despojar al icp de su función de shpo y reservarla para un ayudante de La Fortaleza, que con los años evolucionó a una oficina aparte[59].


El patrimonio edificado en Cuba en la era revolucionaria hasta 1987

Regresando a Cuba, la llegada de la revolución y el ascenso de Fidel Castro al poder no afectaron ni estimularon la conservación de los monumentos y edificios canónicos de la era colonial española. Existía documentación sobre los mismos, siendo la extensa obra del historiador y arquitecto Joaquín Weiss y Sánchez la más conocida[60]. Esta enfocaba en las premisas de la historiografía positivista y la documentación de archivo, para dotar un escogido de antiguos monumentos de la arquitectura existentes en Cuba de valor significativo y monumental.

El gobierno revolucionario mantuvo una oficina de patrimonio a cargo del Ministerio de Cultura, pero según narra el Arq. Daniel Taboada Espiniella (1931-), uno de los principales conservacionistas cubanos y quien trabajo allí, el esfuerzo no tenia gran respaldo por largos años[61], aun a pesar de que desde 1940 existía un mandato para proteger el patrimonio histórico en la Constitución nacional. El Arq. Mario Coyula Cowley, quien ha hecho extensos estudios sobre La Habana y ha sido subdirector del Plan de Desarrollo Integral de La Habana, indicó recientemente en una cita a un medio español que “después del triunfo de la Revolución, en la mayoría de los especialistas primaba la idea de que había que seguir modernizando la ciudad”[62]. Así pues por largo tiempo, las ciudades antiguas de Cuba quedaron en una especie de limbo.

Aunque Cuba recibió durante el primer tercio de siglo de gobierno revolucionario ayudas de países socialistas europeos en forma de tarifas preferenciales para compra de azúcar y precios rebajados para petróleo y otros bienes esenciales que había que importar, la incapacidad de comerciar con Estados Unidos, parte de su mercado natural por razones geográficas, y otros factores socioeconómicos, provocaron una ausencia prolongada de recursos para obra discrecional. Y el patrimonio era parte de este universo de tareas discrecionales, no absolutamente urgentes, que quedaron en remojo. Aun en julio de 1997 el Arq. Coyula Cowley, en una entrevista, no tenia reparo en decir que “La preservación del vasto patrimonio arquitectónico de La Habana representa una fuga impensable de fondos públicos en un momento en que la economía cubana atraviesa graves dificultades.” (mi énfasis)[63] Tampoco existían estudios comprensivos relacionados con las ciudades, si bien había colecciones de listados e inventarios no homologados, ni necesariamente vinculados a otros instrumentos de ordenación territorial.

El turismo, a pesar de su efecto estimulante sobre la revaloración de algunos lugares patrimoniales, era una actividad sustancialmente limitada en estos tiempos, en gran parte orientada por principios a ser asueto de los trabajadores del bloque socialista europeo, aunque no comparable a las cantidades de turistas norteamericanos que eran vistas en los años 1950. Pequeñas cantidades de visitantes fueron en las década de 1960, 1970 y 1980 de países no socialistas, excepto Estados Unidos, el cual - desde 1961 hasta el momento en que se escribe este ensayo - ha prohibido el viaje de sus ciudadanos a dicha isla en la mayoría de las circunstancias. El turismo vino a revivir como resultado del periodo especial causado por la desarticulación del bloque socialista europeo, entre 1989 y 1993.

Mientras tanto, las reformas constitucionales de 1976 fueron acompañadas por dos leyes relativas al patrimonio nacional. Estas leyes firmadas al año siguiente definen el nuevo ordenamiento. La Ley 1 se orientaba al patrimonio histórico artístico – objetos y artefactos, tradiciones y posteriormente intangibles – y la ley 2, del 4 de agosto de 1977, estableció un nuevo régimen de conservación del patrimonio edificado. El artículo 1 postula tres categorías de protección:

1. Monumentos nacionales, edificios históricos de significado para todo el país

2. Monumentos locales, con significado para un municipio o comunidad

3. Centros históricos urbanos – similares a las “zonas históricas” de Puerto Rico

Los elementos con estas categorías están catalogados como construcciones (objetos fijos edificados), sitios (lugares y terrenos cuyo valor puede ser asociativo) y objetos (bienes muebles). Se establecen cuatro criterios de valoración – histórico (eventos y personajes), artístico (calidad de la obra o arte aplicado a la misma), ambiental (representativo de tradiciones constructiva) y natural o social. Estas designaciones y el manejo de los lugares protegidos queda al cuido de una Comisión Nacional de Monumentos, adscrita al Ministerio de Cultura, con poder exclusivo de nominación y designación de lugares y de manejar las intervenciones en estos. A su vez en cada una de las catorce provincias hay comisiones provinciales con poderes limitados a funciones de asesoramiento y divulgación. La comisión central se forma con representantes de varias agencias del estado, de la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción y otros a discreción del ministro de Cultura; las comisiones locales son nombradas y organizadas por los organismos de poder popular (gobierno provincial).

Las designaciones se hacen mediante estudio, si bien la ley no aclara quien puede iniciar un recurso de designación. Mientras los estudios están en proceso, las propiedades quedan provisionalmente protegidas. Los usos quedan también reglamentados y es necesario llevar a cabo un inventario nacional de los bienes designados.

Esta ley y la Constitución enmendada revivieron un interés por empezar la identificación de lugares históricos como primer paso para formar un conjunto de monumentos protegidos. Y pacientemente empezó un proceso de inventario masivo y un cambio de actitud, especialmente en las ciudades de provincia.

Varios factores son hipótesis que postulo para este cambio: levantar un sentido de orgullo nacional para mantener vigente el proceso revolucionario, ya un tanto agotado por dificultades - si no fracasos - económicos; promoción del reúso de edificaciones mientras se hacia mas difícil y costosa la erección de nuevos edificios; y la influencia de los procesos de liberación y reafirmación de la identidad nacional entonces en viva pugna con los valores utilitarios que implementaba el “detestado” capitalismo defendido por Estados Unidos, sus aliados, y las derechas latinoamericanas usurpadoras del poder de varios países que habían sido solidarios con Cuba (notablemente Chile).

· El ejemplo de San Juan de Puerto Rico pudo también tener efecto. ¿Cómo era posible que una capital de un país sin soberanía pudiera tener relativo éxito en recuperar su mayor centro histórico, aun imperfectamente, y convertirlo a su vez en una incubadora de vida cultural? Alegría y otros miembros de la intelligentsia puertorriqueña de corte nacionalista y soberanista tenían intensos y cordiales intercambios con colegas cubanos[64].

La década de 1980 acelero el paso del rescate patrimonial cubano. En 1980 el Consejo de Ministros de la nación decidió formar un centro de capacitación para destrezas relacionadas con el patrimonio, y en 1982 se firmo un convenio con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura (unesco). Así en ese año se inauguró el Centro Nacional de Restauración, Conservación y Museología (cencrem)[65]. Este se ubico inicialmente en el castillo de la Real Fuerza en lo que se podía acondicionar al menos parte del casi ruinoso convento de Santa Clara de Asís casi en el mismo centro geométrico de la Habana Vieja. En ese mismo año, ya casi al final, la ciudad de la Habana Vieja se convirtió en el primer lugar cubano en designarse Patrimonio de la Humanidad, programa iniciado por las Naciones Unidas por medio de su organismo cultural, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) a partir de 1982 con el fin de salvaguardar lugares de significado universal excepcional en todo el planeta[66]. La designación de La Habana llevo el número de dossier 204 del Comité del Patrimonio Mundial[67].

Ya hacia 1987 los logros del cencrem eran evidentes. En un informe evaluativo de acceso público redactado por la unesco, se informó lo siguiente:

En un término de cinco años de ejecución es notable la cantidad de obras de restauración realizadas directamente por la institución, así como el apoyo brindado a distintas provincias del país en la creación de sus equipos técnicos, en la formación de especialistas y obreros, así como en el asesoramiento a la conformación de los planes de rescate de centros históricos. En este período, se han llevado a cabo con apoyo directo del Centro planes de recuperación en La Habana Vieja, Santiago de Cuba, Matanzas, Camagüey, Trinidad, Bayamo, Las Tunas, Cienfuegos y otras ciudades; se han impulsado, además, tareas de recuperación en Gibara, Holguín, Villa Clara, Sancti Spiritus y otros importantes centros. Una política global de rescate de los centros históricos del país se ha formulado por el Ministerio de Cultura a partir del quinquenio 1986-1990 bajo la guía del Centro, y sobre las experiencias del trabajo realizado. (…)[68]

Diecinueve técnicos cubanos y una asesora polaca recibieron adiestramientos en otros lugares de Latinoamérica y de Europa, entre 1982 y 1986[69]. El cencrem fue modelado en el centro de capacitación sobre patrimonio establecido en la localidad de Churubusco en las afueras de la capital mexicana, y que rendía servicios técnicos al inah. Su ex director, el Arq. Carlos Chanfón Olmos (1928-2002), importante arquitecto vinculado desde 1968 hasta su muerte con la defensa del patrimonio de México, fue el encargado de la “organización general y docencia” del nuevo instituto cubano[70].


El patrimonio en Puerto Rico de 1980 hasta los albores del siglo xxi

Puerto Rico carecía (y todavía carece) casi por completo de un esfuerzo educativo similar al cencrem cubano. Los estudios en la facultad de arquitectura de la Universidad de Puerto Rico enfocaban en el diseño de edificaciones nuevas, y aun la enseñanza de historia de la arquitectura era enfocada exclusivamente en la arquitectura “canónica” filtrada por un método historiográfico formalista y estructuralista que ignoraba los aspectos sociales y las relaciones complejas con el mundo alrededor de las obras estudiadas. Ocasionalmente habría algún proyecto enfocado generalmente en el “Viejo San Juan”, o algún proyecto de dibujo pero orientado no a documentar el funcionamiento o sistemas de los edificios sino mayormente la fachada, el “paisaje” y otras características externas.

Hacia 1975 irrumpió una nueva historiografía que desplazo rápidamente a aquella fundamentada en grandes eventos o próceres. Los “nuevos historiadores” criticaron la historia cimentada en una progresión lineal entre tres momentos (Borikén taíno, colonia española, “progreso” estadounidense). Para la “vieja historia”, San Juan era una reliquia excepcional, presentación del Segundo Momento histórico como una sucesión de paisajes, en una exégesis simplista.

La nueva historiografía - el pueblo como actor, la historia de los procesos sociales y económicos, la microhistoria – hicieron muchos lugares de la cotidianidad historiables. Aumentaban los estudios amparados en la Ley de Conservación Histórica Federal de 1966 y su visión histórica más propensa a incorporar contextos sociales y culturales, y la integridad tectónica de los lugares. Una generación más joven o rejuvenecida catalizó nuevos estudios sobre los edificios tradicionales de pueblos especialmente en el sur y oeste de Puerto Rico, región aún no grandemente alterada por las fuerzas del "progreso". Los estudios de los años 1980s (San Germán, Ponce, Mayagüez, Yauco, haciendas rurales...) estimulados por los fondos del Historic Preservation Fund del gobierno estadounidense, crearon estudios seminales que reflejaron una arquitectura puertorriqueña, diversa y de raíces multiculturales como el pueblo que la creó, en contraste con la enseñanza académica, ahistórica y acrítica, de las profesiones de la construcción, bajo un paradigma canónico de minusvalía de lo puertorriqueño, lo antillano y aun lo latinoamericano.

Al hacerse parte de la historia las antiguas haciendas agrícolas de caña y café, varias de las últimas fueron convertidas en pequeños hoteles (paradores). Por otra parte, el Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico, entidad fundada en 1970 como receptora de tarifas y cargos federales por varios arbitrios y programas de exenciones con el fin de adquirir terrenos para conservación, acometió en 1975 su primera adquisición orientada al patrimonio histórico, la hacienda azucarera La Esperanza en Manatí. Esta tardó casi 35 años en restaurarse como museo vivo de la industria de la caña en el siglo xix.

Durante estos años varios educadores e investigadores como los profesores e ingenieros Luis Pumarada O’Neill y Richard Brown Campos empezaron a documentar el patrimonio industrial de haciendas de café y caña[71]. Desde la historia académica surgieron a modo de ejemplo los libros sobre el café, de Carlos Buitrago y el padre Fernando Picó Bauermeister; y aquellos de Guillermo Baralt, Francisco Scarano y Andrés Ramos Mattei sobre el azúcar. Gervasio García y Ángel Quintero Rivera prefirieron estudiar el proletariado urbano y Juan Jose Baldrich, formado como sociólogo, el tabaco. La amplia difusión de las obras de estos y otros autores, ya hacia 1980, retaba a la definición acostumbrada de lo histórico y del patrimonio asociado a este.

En el campo de la arquitectura, sin embargo, el eurocentrismo de su pedagogía formal - compensado, de forma cruda, por el seudoparadigma "colonial hispano" - rezagaron el modelo alterno de una arquitectura antillana, tropical y expresiva de la evolución de una sociedad mestiza, comercial y agroexportadora de haciendas que caracterizaba la verdadera manifestación patrimonial de muchos lugares de Puerto Rico. No despegó tampoco el afecto por las construcciones vernáculas y tradicionales hasta mucho después que se publicara el importante, aunque imperfecto, estudio de la profesora Carol F. Jopling sobre la casa vernácula puertorriqueña en 1988[72]. Este trabajo, orientado a analizar estructural y tipológicamente la arquitectura doméstica tradicional, partió de un reconocimiento extenso de los tipos edificados sobrevivientes en la isla, y utilizaba un enfoque empirista y estructuralista para enmarcar sus hallazgos.

Las designaciones históricas, por mucho tiempo, iban lentas. Solo en 1986 se promulgo la segunda zona histórica reconocida por la Junta de Planificación, que fue la de Manatí, con 145 propiedades. La solicitud fue hecha adaptando los formularios tradicionalmente usados por el National Register of Historic Places federal: una narración justificatoria acompañada de fichas individuales de las propiedades que aportaban al carácter de la zona. Tras resolver algunas objeciones procesales sobre notificación a los vecinos, la designación fue anunciada el 15 de enero de ese año. Pero entonces se darían unos cambios fundamentales de actitud con respecto al patrimonio por parte del gobierno.

El entonces gobernador Rafael Hernández Colon, natural de Ponce, había propuesto un ambicioso programa alegadamente dirigido a compensar a esta, segunda ciudad de Puerto Rico por el histórico rezago que había padecido por casi un siglo; mientras San Juan había saltado de ser un puerto de treinta mil habitantes en 1900 a sede de una zona megalopolitana de sobre un millón, Ponce escasamente triplicó los cincuenta y cinco mil habitantes de principios del siglo xx[73]. “Ponce en Marcha”, promesa de campaña de gran visibilidad, proponía dotar a la ciudad de ingentes inversiones en infraestructura, mayormente vial, mejoras al puerto y al aeropuerto, incentivos para inversionistas, y dentro del plan se contempló darle a la ciudad una zona histórica “de verdad”.

Para esto último se decidió no sacar provecho del talento que pacientemente se había ido formando en el país gracias a la mayor concienciación sobre el valor del patrimonio. En su lugar se contrataron “expertos” provistos por las agencias de cooperación internacional de España. Estos implantaron una formula que desde 1985 en la Península y desde 1987 en el extranjero – sobre todo Latinoamérica - había sido puesta en marcha. En los centros históricos se aplicaba una praxis que llego a denominarse planes de revitalización. Estos planes tenían, en la práctica, los siguientes pasos:

· Definir un perímetro del centro basado en documentos históricos y oficiales, e inspección visual.

· Inventariar las propiedades dentro del perímetro, valorándolas utilizando un sistema de “puntuación” para establecer su elegibilidad (aportación al carácter histórico del distrito) y nivel de intervención necesario – desde conservación hasta reconstrucción o demolición posible si no era “elegible”.

· Analizar ciertos elementos urbanos a mayor escala como rasgos geográficos, bordes, paisajes y relación con la periferia fuera del centro histórico.

· Establecer una estrategia reglamentaria y con incentivos fiscales para fomentar la (re)población y la actividad laboral y comercial dentro del centro histórico en armonía con los valores históricos determinados.

· Proponer proyectos demostrativos de la viabilidad de recuperar el patrimonio, como medio de generar buena voluntad hacia el plan.

En gran medida estos planes eran una compilación digerida y formulaica de principios en gran medida compilados por las cartas internacionales de patrimonio, recomendaciones hechas por institutos vinculados a la UNESCO y otras organizaciones culturales multilaterales, y todo esto montado sobre las teorías de la intervención sobre el patrimonio como ciencia, desarrolladas sobre todo por Boito y Giovannoni[74]. Los planes eran, ante todo, una sistematización de políticas de estado y por tanto responsivos a las instancias del poder.

El plan de revitalización de Ponce se inició a principios de 1988 y se implementó otro en San Juan al año siguiente a pesar del escepticismo de muchos funcionarios que no entendían por qué componer algo que en la capital “funcionaba”, aunque imperfectamente. La zona histórica había tenido relativo éxito en los veinte años previos, a pesar de que significó la expulsión de los muchos de los habitantes más pobres. En ciertas zonas tales como la calle Luna en la parte nordeste del sector se había ensayado con apartamentos “de interés social” con resultados ambiguos; no todos los ocupantes de estos proyectos fueron los proletarios anteriormente avecindados. De hecho la población del casco antiguo había descendido de algo más de dieciocho mil habitantes en 1940 a algo menos de cinco mil en 1990. En el centro histórico de Ponce apenas vivían doce mil personas, casi ninguna en las manzanas mas céntricas rodeando la plaza[75].

Los planes de revitalización de San Juan y Ponce se acompañaron por un proyecto paralelo denominado Escuela-Taller, desarrollado en España que utilizaba fondos del Instituto Nacional de Empleo (inem) de dicho país, complementando el plan de revitalización antes señalado. Las escuelas taller fueron proyectos que en Puerto Rico tuvieron dos años de duración, dedicados al rescate y enseñanza de destrezas tradicionales de construcción. En Puerto Rico las plazas se reservaron a desertores escolares lo cual excluyó otras personas deseosas de aprender técnicas tradicionales. Estas Escuelas-Taller pasaron por problemas de reclutamiento de enseñantes idóneos – muchas destrezas estaban casi desvanecidas – y la escasez de materiales para practicar. Sin embargo, el menos la de Ponce pudo participar en varias obras de reparación de edificios propiedad del icp en particular la casa Serrallés (hoy Museo de la Música), la casa Wiechers-Villaronga y varias asistencias técnicas. Este proyecto tras el cambio del gobierno de Puerto Rico en 1993 expiró “tranquilamente” por desinterés de la nueva administración que no asignó fondos propios faltando al acuerdo hecho con las entidades españolas. Espana gastó en cuatro años, de 1987 a 1993, el equivalente de €2.59 millones ($3.4 millones) – una suma respetable - en los distintos proyectos de Puerto Rico[76].

A pesar de ello, se ha iniciado una mayor conciencia sobre la corrección en el uso de técnicas y materiales apropiados. A fines de 1995 se hizo un taller público sobre el manejo de la cal con arena para mortero y empañetado en Cayey; y varios contratistas empezaron a dedicarse a la tarea de adquirir cal viva en las fábricas de cemento (donde se usa como ingrediente de la cal hidratada), apagarla y curarla. Posteriormente los talleres técnicos sobre el uso de cal y ladrillos se han multiplicado, y ha adquirido fama uno que se da alrededor de dos veces al año por técnicos del National Park Service, agencia federal custodia de las fortificaciones sanjuaneras. Ya desde 2004 hay una empresa de pinturas que ha añadido a su línea de productos materiales a base de cal y arena, incluyendo pinturas de cal orientadas específicamente a edificaciones históricas.

Las listas de edificios históricos protegidos en Puerto Rico aumentaron exponencialmente desde 1990 a 2001, aprovechando una revisión del Reglamento de Planificación 5 que atendía estos asuntos. Esta revisión implementó un proceso que, aunque complejo, era más claro y en esencia solicitaba evidencia justificativa del valor histórico de los inmuebles a designarse, y un análisis de su condición y alcance de intervenciones necesarias. En gran medida este sistema de nominación fue resultado del que se ensayó en los años 1986 a 1988 para obtener la designación de la zona histórica de Ponce, con aproximadamente 2500 propiedades, concedida finalmente el 2 de febrero de 1989, por fin trayendo una protección supuestamente más efectiva a la olvidada “Perla del Sur”[77].

Este reglamento, a su vez, incorporó definitivamente las disposiciones de la normativa federal, adoptándolas en traducción al castellano con mínimas enmiendas. De esta forma, se cerraba una época en que las intervenciones patrimoniales se guiaban por criterios impresionistas, a menudo rayanos en la anastilosis a la usanza de Viollet-le-Duc, y se afirmó un trabajo mas interdisciplinario y metódico siguiendo los principios científicos inspirados en el restauro italiano y las cartas internacionales de patrimonio (Atenas y Venecia), tal y como ya había hecho, de forma adaptada, el gobierno estadounidense.

Desde septiembre de 1990, cuando se hizo efectivo el Reglamento 5 enmendado, hasta diciembre de 2001, se designaron un total de 171 sitios históricos en casi todos los municipios del país, cinco zonas históricas adicionales a las tres existentes y una sexta, poblado de ingenio, gracias a un plan espacial. Este es el resumen[78]:

  • Guayama 1992 2386 propiedades
  • San Germán 1994 660 propiedades
  • Coamo 1995 366 propiedades
  • Arroyo 1996 135 propiedades
  • Caguas 1997 23 propiedades

TOTAL 3570 propiedades*

TOTAL CON SITIOS INDIVIDUALES 3741 propiedades**

Propiedades designadas antes de 1990 3535 propiedades en 3 zonas

Propiedades designadas por otras vías 300 aproximadas***

* Esto incluye propiedades no históricas intercaladas que son en promedio alrededor de un 40% del total: el neto de propiedades elegibles o con carácter histórico debe ser alrededor de 2140 propiedades.

** La cantidad neta de propiedades con valor histórico es de unas 2310.

*** Alrededor de 250 de estas propiedades fueron las de la antigua Central Aguirre (entre 1899 y 1958) en el municipio de Salinas, que se convirtió en zona histórica de facto en abril de 2000 al aprobarse un plan especial de zonificación turística para la zona costera de Salinas y Guayama.

Gran parte del crecimiento, particularmente en los sitios individuales, fue sobre lugares ya admitidos al registro federal (National Register of Historic Places, “nrhp”). Los datos en las fichas de este último inventario fueron revertidos al formato exigido por la Junta de Planificación; y luego sometidos en bloques por regiones. A su vez, ya en mayo de 2002 se contaban 260 propiedades – dos de ellas distritos (San Germán y San Juan) en los listados del nrhp para Puerto Rico[79].

Las plantillas de las agencias patrimoniales con jurisdicción en Puerto Rico tuvieron un refuerzo. En 1986, por ejemplo, el icp tenia solo tres arquitectos y dos arqueólogos pero ya a finales de 1992 había catorce arquitectos o “conservacionistas de arquitectura” operando desde cinco oficinas (San Juan, Ponce, Mayagüez, Arecibo y Humacao, con destaques adicionales a Guayama). A fines de los 1990, por otra parte, la agencia llegó a tener siete arqueólogos. De hecho, el robustecimiento de las leyes arqueológicas – en especial la Ley 112 de Patrimonio Arqueológico Terrestre del 20 de julio de 1988 – fue fundamental para intensificar la conciencia conservacionista, ya que a menudo un descubrimiento arqueológico podía redundar en identificar edificaciones o ruinas que de otra forma hubieran pasado desapercibidas. (Sin embargo, una discusión detallada de la influencia de la arqueología sobre la conservación del patrimonio edificado merece tratarse, por su interés y complejidad, en un ensayo aparte.)

En esta época se logra la única accesión de un lugar histórico puertorriqueño al listado de Patrimonio Mundial (o de la Humanidad) auspiciado por la UNESCO - las fortificaciones y murallas de San Juan junto con La Fortaleza, el palacio y residencia del gobernador. Estos fueron nominados por el criterio asociativo (vi) y estas fueron aceptadas en la reunión del Comité del Patrimonio Mundial, sesionado en Florencia en diciembre de 1983 con el numero de dossier 266[80]. El hecho de que las nominaciones a esta lista están bajo control exclusivo del gobierno de Estados Unidos, y por esta razón subsumidas al respeto exagerado por la “propiedad privada” y la libre disposición de esta por su titular, han prácticamente evitado que propiedades adicionales en Puerto Rico hayan sido consideradas para esta lista de alcance global.


Cuba y su patrimonio edificado desde 1987

Cuba, la isla grande de las Antillas, se embarcó, en apenas quince años, en caminar todo el camino que Puerto Rico había andado en casi medio siglo y, aprovechando sus circunstancias particulares, llegar más allá en ciertos aspectos. La gestión de estado ha sido coordinada por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, organismo adscrito al Ministerio de Cultura, y a cargo de promulgar y administrar reglamentos protectores del patrimonio, con el auxilio de los gobiernos locales a cargo de los grupos de Poder Popular (organismos colectivos que en la era revolucionaria han servido como administradores de municipios y provincias)[81]. El primer sitio cubano del Patrimonio Mundial, la Habana Vieja, fue promulgado en 1982; pero durante los próximos veinte años entraron seis sitios adicionales: otra ciudad (Trinidad, ciudad de grandes casonas de ladrillo y piedra, enriquecida por los ingenios del valle adyacente, en la provincia Sancti-Spiritus), dos paisajes culturales (el valle de Viñales en Pinar del Río y la zona cafetalera de la Sierra Maestra), un monumento individual (el Castillo de San Pedro de la Roca en Santiago) y dos sitios escogidos por su valor natural.

El gobierno y los organismos culturales del “poder popular” local y regional actuaron con singular eficiencia en el proceso de identificación de bienes culturales en todo el país. El carácter avanzado de la legislación de 1977 y la colectivización de gran parte de la propiedad urbana y rural facilitó, sin duda, que se pudiera acelerar el reconocimiento en ciudades, pueblos y campos. Ya en 1993 se informaba al autor de este escrito, por parte de una funcionaria del cencrem, que la cantidad de zonas urbanas identificadas con posible valor histórico pasaban de doscientas[82].

La capacitación internacional de los técnicos del equipo original del cencrem resultó en un enfoque amplio y casi de vanguardia para el patrimonio cubano. La exposición internacional de los especialistas, aspecto para el cual el gobierno cubano no ha guardado reservas ni (hasta donde se sabe) aplicado austeridad, ha formado personal con conocimiento amplio y abierto. Se han montado congresos y foros con convocatorias para ponencias de los participantes en las universidades y entidades conservacionistas del estado, que han resultado importantes experiencias de intercambio profesional.

El cencrem y cursos de estudio sobre el patrimonio en las facultades de arquitectura del país han creado una gran cantidad de personas listas para poder trabajar con conocimiento con las necesidades particulares de los edificios patrimoniales. Ha aumentado la cantidad de libros y artículos de revista que tratan la arquitectura histórica de Cuba, muchos de estos libros editados en consorcio con editores españoles y de otros países.

Al igual que en Puerto Rico, la agencia de cooperación española (aecid) acordó promover varios proyectos de rescate del patrimonio, en este caso en la capital, los cuales en el caso cubano sirvieron de refuerzo y no se dependió de ellos como estrategia primaria de trabajo. La mayor parte de los fondos recibidos – casi cinco millones de euros ($6.5 millones) hasta 2005 – se usaron para capacitar una escuela-taller y para obras sobre edificios, mayormente para rehabilitar uno dedicado a “Centro Cultural de España”. Solo un 3% se empleo para “elaboración de planes”, los cuales ya en este tiempo estaban bastante definidos[83].

Cuba fue el país antillano que introdujo a la región el concepto del paisaje cultural.[84] Aunque no fue el primero en el mundo, la zona tabacalera y cárstica del valle de Viñales en Pinar del Río (oeste del país) con una extensión de 13200 hectáreas (equivalente a 33500 cuerdas) no solo es importante por sus valores históricos y vernáculos que datan desde los primeros asentamientos guanajatabeyes de hace dos mil años, sino también por su importancia en un rubro agrícola como lo es el tabaco, el cual genera algunas divisas para la economía del país. La solicitud original para designación fue hecha en 1998 y luego de varias negociaciones con UNESCO finalmente fue aprobada en la sesión del Comité de Patrimonio Mundial de 1999 con el numero de dossier 840[85]. En Puerto Rico, a cambio, no se ha podido introducir el concepto de paisaje cultural como una categoría aceptable de conservación patrimonial ni de ordenamiento territorial, a pesar que existen lugares que han sido considerados preliminarmente como tales.

En lo tocante al vernáculo, fuera de aquel que ha sido valorizado por su valor histórico o por ser parte de conjuntos históricos, aun queda trabajo por hacer. Pero hay estudios de técnicas tradicionales de construcción y se ha estimulado talleres para rescatar estas técnicas casi perdidas, particularmente junto con proyectos académicos de investigación. El patrimonio rural tampoco ha sido documentado con suficiencia fuera de los paisajes culturales declarados, y con el cierre de cerca de la mitad de los ingenios azucareros, queda pendiente que se hará con estos grandes armazones de acero y madera con sus impresionantes maquinarias, algunas fabricadas hace casi un siglo, que acentúan el paisaje rural de las planicies y vegas de gran parte del país. Queda en este sentido el temor al desmantelamiento de estos ejemplos del patrimonio industrial de la época entre 1850 y 1950[86]. Al menos una ruina de trapiche en las afueras de La Habana fue incorporada como parte de un restaurante en el Parque Lenin, “Las Ruinas” del Arq. Joaquín Galván, en interesante dialogo con la profusa vegetación de yagrumos y otros arboles y las exactas líneas del edificio moderno[87].

El aprovechamiento de técnicas tradicionales dentro de la obra moderna ha sido desigual. Se han hecho edificios de relleno de fachadas armoniosas en terrenos de los distritos de la Habana Vieja y Centro Habana, y en otras ciudades; y tampoco se puede ignorar el uso del ladrillo en bovedillas y cúpulas empleado en las Escuelas Nacionales de Arte diseñadas por Ricardo Porro entre 1961 y 1963, durante una época de mayor experimentación en la creación arquitectónica cubana[88]. No parece ser evidente la incorporación de soluciones climáticas o tectónicas derivadas del patrimonio en otros tipos de obra nueva hasta donde se ha investigado.

El turismo fue otro motor importante para estimular la conservación. Se ha demostrado repetidamente que gran parte de las personas que viajan en calidad de turistas – 78%, según un estudio conducido en Estados Unidos[89] - tienden a visitar al menos un lugar o actividad de interés cultural durante su viaje, y que la oferta cultural podía reforzar el naciente turismo recreativo que iba a ayudar al país a salir del llamado periodo especial. Parte de la oferta turística podía satisfacerse con las casi diez mil habitaciones levantadas antes de la Revolución, pero los planes era intentar traer al menos dos millones de visitantes anuales.

Las zonas patrimoniales mas importantes del país mercadeadas para el turismo ávido de admirar escenarios románticos y cargados de sabor pretérito incluyen a las ciudades Patrimonio de la Humanidad: La Habana Vieja y Trinidad con su Valle de los Ingenios, ya mencionadas; a las cuales después de 2005 se han sumado Cienfuegos – imponente triunfo de un urbanismo neoclásico y racional en el trópico – y Camagüey, ciudad de trazado irregular famosa por sus tinajas, sus grandes techo de barro y la poesía de Nicolás Guillén. Y se organizan excursiones a los paisajes culturales del Valle de Viñales y para los más aventureros que no temen las alturas, al paisaje cultural arqueológico del café en las tupidas montañas que separan las provincias de Granma (Bayamo) y Santiago. En otras ciudades se han establecido centros o distritos históricos algunos de tamaño respetable como los de Santiago de Cuba, Bayamo o Matanzas, que también se presentan al visitante como atractivos. Inclusive se ha empezado a hacer trabajo de rescate en poblados construidos junto a los centrales, como el caso de Gibara en la provincia de Holguín.

Como se ha hecho en muchos otros lugares incluyendo a Puerto Rico, en muchas comunidades edificios antiguos han sido recuperados como parte de la infraestructura cultural. Pero las conversiones más exitosas, en cuanto a su rendimiento económico y su capacidad de sostenerse económicamente, han sido aquellas hechas para hoteles y restaurantes, sobre todo cuando estos cobran en divisas o pesos convertibles. Esta estrategia de recuperación abrió las puertas a acelerar el rescate de la Habana Vieja, no sin la controversia de que se arriesga a crear un ghetto de turistas en la parte más antigua de la metrópoli. Y una atrevida movida protagonizada por quien ha sido desde 1967 el Historiador de la Ciudad de la Habana, Eusebio Leal Spengler, ha logrado una conversión radical en esta zona.

Por mucho tiempo, el Historiador y su Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (“ohch”), funcionario hasta entonces vinculado al Poder Popular (gobierno local) municipal, había asesorado a las oficinas municipales de permisos de construcción sobre obras en estructuras consideradas e inventariadas como de valor. En el 30 de octubre de 1993, con el decreto-ley Numero 143[90], el presidente Fidel Castro adscribió la Oficina del Historiador al Gobierno Nacional a través del Consejo de Ministros, y de una vez le otorgó poderes extraordinarios para coordinar como gestor principal las obras sobre edificios patrimoniales y actividades de mejoras urbanas en una amplia zona central de la ciudad, la “Zona Priorizada” que incluye el casco antiguo, el Paseo del Prado a ambos lados que es frontera con el resto de la ciudad, el Parque Fraternidad, una porción colindante de la zona de los muelles, y las fortalezas a cada lado de la entrada de la bahía. También el Historiador y su oficina tendrían un papel asesor (“velar por la conservación y restauración de los valores históricos”) en obras de impacto patrimonial en el resto de la provincia de la Ciudad de La Habana.

En la segunda mitad de la década de 1990 se inicio la implementación del Plan Maestro para la Revitalización Integral de La Habana Vieja, promulgado en diciembre de 1994, con el propósito manifiesto de lograr un desarrollo “balanceado” de la zona, intentando promover el rescate del patrimonio, y rentabilidad económica. Una de sus metas es “Evitar el desplazamiento de la población local, protegiéndola del impacto de la terciarización y estableciendo adecuadas densidades y calidad de vida”[91]. Junto a esto se formó un grupo cívico consultivo de membresía por abono, reconocido por la ohch, denominado “Patrimonio, Cultura y Medio Ambiente”[92].

La ohch recibió el poder mediante el Decreto-Ley 143 para fundar y sostener operaciones con fines de lucro con el fin de subsidiar las obras sobre edificios antiguos de la ciudad y la ejecución del Plan Maestro de La Habana Vieja. La reinvención del Historiador desemboco en una nueva empresa nacida el 6 de enero de 1994 y llamada Habaguanex s.a. Habaguanex – bautizada a nombre del cacique taino que gobernaba a la llegada de los españoles el emplazamiento actual de la Habana – empezó a operar unos pocos negocios establecidos, tales como el Hostal Valencia y el bar Floridita. Con las ganancias de estos negocios orientados a turistas, empezaron las compras de edificios y la apertura de nuevas empresas dentro de la zona, beneficiándose de una potestad exclusiva para colocarlas dentro de los edificios restaurados. Habaguanex pudo reabrir el legendario hotel Ambos Mundos asociado con la memoria del escritor Hemingway, y durante los años subsiguientes evolucionó para convertirse en un emporio comercial cuyas utilidades estimadas actualmente se desconocen, pero ya en 1999 pasaban, según los críticos del régimen, del equivalente de US$50 millones al año[93], por lo cual se estima el capital total actual de la empresa en al menos $500 millones.

Habaguanex se ha convertido en una empresa que opera 37 hoteles y hostales (varios adaptaciones de edificios originalmente destinados a otros usos) con 546 habitaciones de tipo turístico, 38 restaurantes, 61 establecimientos de comida (5 de ellos en moneda nacional para ciudadanos cubanos ordinarios) y sobre ochenta tiendas[94]. No es la única empresa operada por la ohch: existen al menos dos empresas inmobiliarias orientadas al lucrativo mercado de personas y empresas extranjeras que persiguen residir en la zona, y una agencia de viajes (“San Cristóbal”, en honor al patrón y nombre originario de la ciudad) que comercializa viajes que incluyen el uso de instalaciones en el distrito. Como si no fuera suficiente, la ohch además posee, entre otras empresas, una cadena radial de contenido cultural y alcance nacional – Habana Radio con su lema La voz del patrimonio cubano (mi énfasis) y retransmisores en las otras seis “villas” originarias del país, una editorial y una empresa discográfica; maneja una orquesta filarmónica (“Ars Longa”), y auspicia varios otros grupos de artes representativas de la ciudad[95]. El esquema de integración vertical y complejidad empresarial desarrollado por el proyecto de la ohch no tiene posible comparación a nivel global en manejo de centros históricos.


La coyuntura de hoy día

Aunque la conservación del patrimonio ha dado avances en Cuba, Puerto Rico y otros lugares antillanos, se puede argumentar que Puerto Rico, aunque ha arrancado antes, ha tendido a tener un rezago. Existe una necesidad de agilizar el funcionamiento de las agencias puertorriqueñas sobre patrimonio y ante todo reconocer la agenda pendiente. Escrito en una ponencia del autor de este ensayo ante la comisión senatorial de Educacion, Ciencia y Cultura en 2001, indiqué lo siguiente:

Menos de la mitad (alrededor de 5,000 con unas 2,350 adicionales que son no- históricas o solares vacíos dentro de zonas históricas) de los alrededor de quince mil edificios y lugares designables por su valor histórico, arquitectónico y cultural en Puerto Rico tienen algún tipo de protección efectiva que evite su destrucción y descaracterización. Entre los lugares que aun hoy (abril de 2001) no tienen protección alguna están joyas urbanas como los centros urbanos de Yauco, Mayagüez, Maricao, Sabana Grande, Arecibo y otros; importantes distritos urbanos en municipios que ya cuentan con una zona histórica (Miramar, Puerta de Tierra, Floral Park, partes de Río Piedras Centro en San Juan; el poblado de la Playa en Ponce); sitios en zonas urbanas de muchos otros pueblos y casi todo el patrimonio rural. Casonas, lugares y edificios asociados con grandes personajes o sucesos de la historia (ejemplos al azar: la hacienda rural de De Diego en Mayagüez, la casa donde Ramón Frade creó gran parte de su vida de artista frente a la plaza de Cayey, el impresionante conjunto de fuentes de agua de 'Las Plumas" en Hormigueros, la hacienda de Manuel Rojas en Lares; faros en Guánica, Puerto Ferro de Vieques, Isla Culebrita, etc.) están amenazadas perennemente de ser destruidas o meramente hacerse polvo por el olvido, la falta de recursos o la crónica alienación que aun padece el puertorriqueño promedio frente a su historia.[96]

También describí el difícil proceso de nominación y designación que disuadía a muchos el nombrar lugares de valor y la poca cooperación de otras agencias[97]. Se recomendaron incentivos extensos para fomentar obras patrimoniales[98] y que no se emplearan fondos o garantías del gobierno de Puerto Rico para destruir edificios patrimoniales, estableciendo una ley análoga a la §106 de la ley federal de 1966[99]. No habiendo educación o capacitación en las destrezas especiales del patrimonio hasta reciente época y como adjunto a programas generales de estudios de arquitectura, solo la pasión de algunos docentes y estudiantes ha permitido un avance en el conocimiento de los valores históricos puertorriqueños. En eso se deben destacar esfuerzos tales como el Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico, fundado en 1981, y el énfasis en patrimonio incorporado a partes del programa de estudios de la Universidad Politécnica, donde muchas monografías y tesinas estudiantiles han sido orientadas a analizar la historia de los edificios y las ciudades del país. Algunas tesis de maestría de la upr también se han orientado al patrimonio.

La cantidad de zonas protegidas ha llegado a un total de diez luego de 2001 con la suma a las nueve existentes de Vega Baja y, por virtud de una ley, el distrito sanjuanero de Miramar, este el primero que no era centro urbano en asi declararse. Algunas áreas con valor cultural en la zona rural han sido incorporadas como reservas naturales – un ejemplo es la de Planadas y Yeyesa entre Cayey y Salinas, declarada por la ley 192 del 13 de diciembre de 2007. Pero su manejo es fundamentalmente regido por el estado desde el Departamento de Recursos Naturales, si bien los vigilantes u oficiales de orden publico de dicho departamento tienen injerencia en intervenir con violadores de las leyes arqueológicas[100].

Existe sin embargo un reclamo de grupos culturales de base y entidades comunitarias para ampliar protecciones históricas. Algunas movilizaciones tales como la campaña contra el megaproyecto Paseo Caribe en San Juan entre 2006 y 2008 han mostrado la capacidad de indignación de quienes sienten que las operaciones especulativas sobre la tierra no respetan valores culturales[101]. Muchos de estos movimientos han sido motivados por la amenaza percibida a yacimientos arqueológicos, pero también se han movilizado para proteger edificaciones sobre tierra, ruinas y más recientemente paisajes de posible valor cultural. Para solamente mencionar parcialmente los ejemplos en que este autor ha participado, se hallan: la defensa de la zona de la Cueva de la Mora en la parte sur de Comerío; la recuperación del antiguo molino San Jacinto en el municipio de Dorado; la Reserva Planadas-Yeyesa antes mencionada, la costa de Punta Toro y la designación del llamado Batey Columbia en el municipio de Maunabo, y el rescate de la carretera hoy numerada PR-15 entre Guayama y Cayey, construida a fines del siglo xix. Otro hecho por el suscribiente a contrapelo de la política establecida por su patrono – el Instituto de Cultura Puertorriqueña – fue la protesta y contraproyecto hechos para evitar la destrucción del tradicional sector de San Mateo en el barrio sanjuanero de Santurce[102].

Dada la dinámica distinta entre Estado y ciudadanos que existe en Cuba no es posible determinar en aquél país si se darán mecanismos de participación comunitaria autónomos, si bien Mario Coyula, bastante valiente y atrevidamente, critica la incapacidad de indignarse de sus compatriotas con obras hechas en sociedad con consorcios extranjeros que arriesgan desnaturalizar naturaleza y patrimonio cubanos[103]. Especial alarma le ocupa el proyecto de tipo suburbano en Monte Barreto, a unos 11 km al suroeste de la ciudad[104], el cual propone un office park, hoteles, tiendas y apartamentos de lujo, importando un modelo harto visto en el mundo “desarrollado” y aun en las propias Antillas, como demuestra la porción norte del municipio puertorriqueño de Guaynabo.

La propuesta del gobierno de tratar de introducir al menos 2.4 millones de turistas anuales, unido a la posibilidad rumorada de una reducción sustancial o eliminación de las prohibiciones de viaje a los ciudadanos estadounidenses, significan una presión adicional sobre los atractivos turísticos y naturales. En ambas islas – Cuba y Puerto Rico – se está dando un enfoque hacia el ecoturismo aprovechando las vastas maniguas de la primer isla y las agrestes aunque no muy altas montanas de la segunda. De hecho en Puerto Rico se ha iniciado en pie firme una revalorización de su zona cafetalera en lo agrícola y lo turístico, lo que puede incentivar la posición sostenida por el autor de este ensayo de que esta extensión de las montañas occidentales debe ser protegido no solo por su valor agrícola y ecológico, sino por ser posiblemente el paisaje cultural cafetalero más importante y extenso de las Antillas, y hasta posible candidato – bajo circunstancias jurídicas más flexibles – al Patrimonio de la Humanidad.

Este ensayo no merece completarse sin dar una mirada breve a algunos fenómenos ocurridos en otros países antillanos. El turismo cultural ha despegado en muchas de las islas, aprovechando la persistencia de remanentes tradicionales de los poblados y “románticas” ruinas y plantaciones en el campo, si bien hallar ciudades enteras conservadas en razonablemente buen estado no es muy común: ejemplos son Willemstad – Patrimonio de la Humanidad – en Curazao; las tres poblaciones mayores de las antiguas Antillas Danesas, hoy Islas Vírgenes estadounidenses y el pueblito de Gustavia en San Bartolomé. También hay que listar los Patrimonios de la Humanidad aun no mencionados tales como la ciudad colonial de Santo Domingo, la fortaleza de Brimstone Hill en Saint Kitts, y el Parque Histórico Nacional (La Ferrière-Sans Souci-Milot) a poca distancia de la ciudad septentrional haitiana de Cabo Haitiano. Igualmente vale relatar otros lugares del Archipiélago: Cabo Haitiano propio (amenazada por la pobreza y el tiempo) y la devastada ciudad de Jacmel en Haití; Puerto Plata, Monte Cristi y posiblemente San Pedro – así como el poblado cañero de la Romana – en la República Dominicana; La Vega (“Spanish Town”) y Falmouth en Jamaica y varios puertos de las Antillas Menores como Saint George’s en Granada, la isla holandesa de Saba, etc. Muchas otras ciudades antillanas – incluyendo la mayoría de los pueblos de Puerto Rico, muchos en otras Antillas Mayores y Menores – han ido perdiendo su fisonomía y adquiriendo una forma más utilitaria con el reemplazo de edificaciones residenciales por apartamentos, estacionamientos, tiendas, oficinas y almacenes debido al descontrolado problema de terciarización causado por una cultura de consumo. La capacidad productiva tradicional de las islas, con la agricultura y pesca disminuidas, la minería mayormente agotada, y la industria poco desarrollada - salvo excepciones en algunos países - no tiene peso en la economía regional.

Tampoco existe, en promedio, un nivel de conciencia regional suficientemente fuerte para salvar el patrimonio. Indudablemente muchos individuos, naturales, emigrados, y expatriados de otros países (estos últimos, por ejemplo, han sido un dinamo para proteger recursos históricos poco apreciados en el caso de la isla de Vieques) han hecho esfuerzos, algunos heroicos, para evitar su perdida, e inclusive la empresa bancaria y de viajes American Express ha organizado un certamen que ha premiados hitos significativos en el rescate del patrimonio antillano (la casa González Cuyar, en Santurce, sede del Colegio de Arquitectos de Puerto Rico, fue premiada por un proyecto de recuperación dirigido por la arquitecta Beatriz del Cueto en 1992). Por otra parte ha habido un interés reciente en recuperar con varias obras puntuales el tejido complejo del viejo puerto jamaiquino de Falmouth; se han habilitado aun casitas humildes de aquellas ocupadas por artesanos y trabajadores urbanos. Sin embargo, la construcción en el frente marítimo de esta población, de apenas quince mil habitantes, de un mega puerto de cruceros desata grandes preocupaciones por la presión de los visitantes. La descarga de miles de turistas sobre sus calles puede convertir esta provinciana ciudad en un inmenso parque temático de imagen pintoresca, pero sin sustancia, por el desplazamiento de sus habitantes y comercios - si no se convierten en accesorios pintorescos del entorno.

La industria editorial ha impreso una cantidad aun escasa de títulos sobre el tema patrimonial fuera de Cuba. Merecen destacarse los aportes de los arquitectos e historiadores de estos países: entre los más conocidos se hallan los arquitectos puertorriqueños Thomas Marvel (estadounidense “nativizado”)[105], Enrique Vivoni Farage[106], Jorge Rigau Pérez[107] y Edwin Quiles Rodriguez[108] junto a las historiadoras María Luisa Moreno[109] y María de los Ángeles Castro[110], y el urbanista Aníbal Sepúlveda[111]; los dominicanos Gustavo Luis Moré, Omar Rancier, Emilio Brea[112], Carmen Ortega[113], Esteban Prieto Vicioso[114] (importante vernacularista) y otros; Frederik Gjessing[115] (quien también ayudó a don Ricardo Alegría en San Juan) en las Islas Vírgenes; los cubanos Llilian Llanes[116], Mario Coyula[117], Ramon Cotarelo[118], Roberto Segre[119] (este último natural de Argentina y quien ha enfatizado arquitectura moderna), y un largo etcétera. El patrimonio de Cuba ha sido tema de un interesante libro[120] de la conservacionista estadounidense Rachel Carley y el fotógrafo italiano Andrea Brizzi. Y no se puede dejar, tratando sobre las Antillas Menores, la impresionante y rigurosa historia de las ciudades de Guadalupe hasta principios del siglo xix de la historiadora francesa Anne Pérotin-Dumon.[121]

Existen revistas académicas y profesionales de arquitectura; dos ejemplos son Entorno, la publicación del Colegio de Arquitectos puertorriqueño, pero que no ha hecho aun un número sobre patrimonio; y los Archivos de Arquitectura Antillana [aaa], que a menudo publican artículos de tema patrimonial, editados en la República Dominicana por el Arq. Gustavo Luis Moré. Generalmente estas revistas - los aaa son la excepción - son de escasa difusión fuera de sus países de edición.

Por desgracia, algunos de los pensadores culturales antillanos cuya obra ha tenido apoyo crítico y difusión internacional no abordan suficientemente el tema del patrimonio. Esto es el caso de los franco antillanos Édouard Glissant y Aimé Césaire, el jamaiquino Rex Nettleford, y existen otros. (Se hace la salvedad de que sus análisis pueden aplicarse por sus lectores al asunto patrimonial, pero ellos, directamente, no lo abordaron.)

Una señal de esperanza en el punto más miserable del Archipiélago ha sido el esfuerzo heroico del grupo del Institut de Sauvegarde du Patrimoine National (ispan) de la República de Haití. Este organismo estatal de apenas una cincuentena de empleados, bajo la dirección del Arq. Daniel Élie, ha iniciado en enero de 2009 un esfuerzo de divulgación mediante un boletín electrónico en formato pdf (editado únicamente en francés) que se ha tratado de editar mensualmente y a veces con mayor frecuencia[122]. Hasta ahora han salido 23 ejemplares. El violento terremoto del 12 de enero de 2010 apenas ha interrumpido al Bulletin de lispan: de hecho, ha servido para alertar sobre las pretensiones de otras autoridades y personas particulares de “limpiar” el patrimonio como la vía rápida pero amnésica para remediar los estragos del sismo. Entre otros temas, el Bulletin ha alertado sobre el lamentable, casi ruinoso abandono del puerto sudoccidental y “cuna de poetas”, Jérémie[123]; la resurrección post-sismo del colosal mercado Hyppolite, o Vallière o “Mercado de Hierro” en Puerto Príncipe[124]; la destrucción innecesaria de monumentos y edificios antiguos, y de manzanas enteras del centro de la ciudad capital tras el terremoto[125]; o la necesidad de intervenir con las deterioradas fortificaciones levantadas en los tiempos de la guerra de Independencia y en los albores del siglo xix como defensa contra intentos franceses de reconquista[126]. También salió una crónica extensa sobre el colapsado Palacio Nacional construido en 1914[127] y su arquitecto, Georges Baussan, un haitiano entrenado en Francia, detallando los daños sísmicos y la viabilidad de reparar el edificio – los cimientos y los muros del primer nivel se hallaron en una condición sorprendentemente sólida[128].

Un proyecto interesante que se ha divulgado por las páginas del Bulletin ha sido el esfuerzo concertado de salvar el elegante puerto cafetalero de Jacmel[129], en la costa sur y que sufrió bastantes daños en el terremoto. Este no es sino el más reciente caso atendido por los estudios de revitalización de la aecid (Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo) con la colaboración de la embajada del país ibérico en Puerto Príncipe, el propio ispan y su agencia matriz que es el Ministerio de Cultura, arquitectos consultores, estudiantes y profesores de la disciplina en la Universidad Nacional, y autoridades de la ciudad. Se ha iniciado un inventario actualizado, una evaluación edificio por edificio de los daños sufridos, y se ha organizado una Escuela Taller que se esta capacitando para dar asistencia urgente para estabilizar y reparar los edificios, en su mayoría una combinación de ladrillos y maderas del país con techos de acero corrugado o teja y balcones en hierro forjado. Como otras escuelas-taller hechas bajo el programa de Cooperación Internacional Española, el énfasis del programa será reclutar jóvenes de 16 a 25 años de alto riesgo que no estudian o trabajan.

El renacer de Jacmel y de su patrimonio, testigo de una época de esperanzas del pasado haitiano, es - aun con sus inevitables limitaciones - la expresión más firme de la pertinencia del patrimonio edificado antillano como elemento importante y documento de una historia azarosa y desigual. Las condiciones del clima, la lucha por la supervivencia sea en la austeridad socialista cubana, la indigencia de Haití, o la inmensa acumulación de mercancías inasequibles del bazar puertorriqueño; en fin, todas estas y otras circunstancias tientan a quien se mueve por medio de ellas a buscar la solución “expreso” de demoler y recomenzar, que se piensa que asegura mejor contra carencias materiales o espirituales. Pero esa solución trae el riesgo de la amnesia, de vivir unidimensionalmente un presente sin referencias; un mundo donde no hay preexistencias legitimantes que eviten el despojo y nomadismo que han sido suerte de los pueblos de este Archipiélago.

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[1] Existe un extenso estudio relacionado con el inicio del conservacionismo en la Europa del Renacimiento, la ilustración y los siglos xix y principios del xx, el cual ha sido parcialmente examinado para este trabajo. Jokilehto, Jukka: A History of Architectural Conservation. The Contribution of English, French, German and Italian Thought towards an International Approach to the Conservation of Cultural Property. Disertación doctoral presentada en la Universidad de York en Inglaterra, 1986, formateada como pdf, 2005. Disponible a través del sitio cibernético del Centro Internacional para la Conservación de Bienes Culturales de Roma [iccrom]: http://www.iccrom.org/pdf/ICCROM_05_HistoryofConservation00_en.pdf .

[2] Frampton, Kenneth. Modern Architecture: A Critical History. Londres y Nueva York: Thames and Hudson, pp. 14-16.

[3] Choay, Françoise. Alegoria del patrimonio. Barcelona: Gustavo Gili, 2007, capítulos i y ii, pp. 25-83. (Originalmente publicado en francés bajo el titulo Allégorie du patrimoine. Paris: Éditions du Seuil, 1997.)

[4] Ruskin, John. “The Lamp of Memory”, xviii, xix, xx. The Seven Lamps of Architecture. Orpington, Kent [Inglaterra]: George Allen, 1880, pp. 194-198 (se usó la edición facsimilar publicada por Dover Publications, Mineola, N.Y. en 1989); Jokilehto, op.cit., pp. 304-313.

[5] Sobre las ideas y teorias de Viollet-le-Duc ver Choay, op.cit. pp. 135-136, Jokilehto, op.cit., pp. 277-284.

[6] Choay, op.cit., pp. 139-142; Jokilehto, pp. 335-338.

[7] Choay, op.cit., pp. 175-180; Jokilehto, pp. 351-355.

[8] El texto de la Carta de Atenas fue obtenido por medios cibernéticos en el sitio http://www.mcu.es/patrimonio/docs/MC/IPHE/Biblioteca/carta_de_atenas.pdf, accesado el 1 de mayo de 2011.

[9] Tyler, Norman con Ted Ligibel y Ilene R. Tyler. “The Preservation Movement in the United States.” En: Historic Preservation : An Introduction to its History, Principles and Practice. Nueva York: W.W. Norton, 2009, capitulo ii, pp. 27-35.

[10] Choay, op.cit., pp. 17-18, explica la idea [ad]monitiva del monumento cuando es pensado como tal sin que haya intento de conservar el testimonio histórico.

[11] Alegría, Ricardo E., “Los dibujos de Puerto Rico del naturalista francés Augusto Plée (1821-1823).” Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, número 68 (julio a septiembre 1975): pp. 20-41. En la página 27 hay un dibujo de Caguas, donde se muestra un obelisco conmemorativo de la restauración de la Constitución de 1812.

[12] Este fenómeno es mencionado en varios lugares, entre otros los escritos de Roberto Segre para Cuba y Latinoamérica y Jorge Rigau en el caso de Puerto Rico.

[13] Autores Varios: Transformación urbana en Cuba; La Habana (Arquitectura Cuba 340/1/2). Barcelona: Editorial Gustavo Gili, 1974, p. 35. En adelante “La Habana…”

[14] Anónimo: “El derribo de las murallas.” Historia de Puerta de Tierra. En el sitio cibernético: http://www.puertadetierra.info/indicehist.asp accesado el 25 de abril de 2011.

[15] Choay, op.cit., pp. 161-164.

[16] Tyler et al., op. cit., pp. 38-39.

[17] El libro clásico de esta actitud – aunque contiene algún material analítico y científico – es: Slesin, Suzanne y Stanford Cliff, con Jack Berthelot, Martine Gaumé y Daniel Rozensztroch: Caribbean Style. Fotografías de Gilles de Chabaneix, prólogo de Jan Morris. Nueva York: Clarkson N. Potter, 1985. De este libro he hecho un análisis crítico en una monografía anterior. Ortiz Colom, Jorge: Apuntes sobre el hábitat doméstico en las Antillas. Monografía presentada para el curso de Historia 518 (Historia del Caribe), profesor Dr. Jorge Rodriguez Beruff. San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y del Caribe, 2010, pp. 31-35. Disponible como documento en formato pdf en http://es.scribd.com/doc/35779119/Habitat-Domestico-en-El-Caribe .

[18] Esto fue particularmente funesto para la continuidad del vernáculo. Ver: Berthelot, Jack y Martine Gaumé. “Perspectives.” Kaz Antiyé: Jan moun ka rété / L’habitat populaire aux Antilles. Pointe-à-Pitre: Éditions Perspectives Créoles, 1982, pp. 159-165.

[19] Sobre las barracas puertoterreñas, ver Sepúlveda, Aníbal. San Juan Extramuros. Iconografía para su estudio. San Juan: Centro de Investigaciones Carimar y Oficina Estatal de Preservación Histórica, 1990, pp. 50-52. Sobre los solares: Coyula Cowley, Mario: “Centro Habana, al margen del centro.” Arquitectura y Urbanismo [Instituto Superior Politécnico José Antonio Echevarría, La Habana], Vol. xxxi, número 2, 2010, pp. 16-26. Disponible en Scribd.com. También: Picart, Gina. De cómo nacieron en la ciudad de La Habana solares y cuarterías. Disponible en http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/05/22/de-como-nacieron-en-la-ciudad-de-la-habana-solares-y-cuarterias-i accesado el 15 de mayo de 2011.

[20] Reina Pérez, Pedro. La semilla que sembramos [entrevista con don Ricardo Alegría]. San Juan: Editorial Cultural, 2003, pp. 41 y 54-55.

[21] Sobre Cayey hago mención de este fenómeno en mi estudio sobre Ramón Frade León como arquitecto. Ortiz Colom, Jorge. Frade Arquitecto: la práctica de una arquitectura práctica. Catálogo de exhibición. Cayey: Museo Universitario Pío López Martínez, 2008, pp. 18-37.

[22] El texto de la ley se encuentra en: Harvey, Edwin. Legislación cultural. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1989, pp. 108-109. El libro de Harvey también contiene otras leyes puertorriqueñas sobre la cultura, algunas citadas en este escrito.

[23] Dietz, James. Economic History of Puerto Rico. Institutional Change and Capitalist Development. Princeton: Princeton University Press, 1986, pp. 247-248 y 307-308.

[24] Wells, Henry. Wells, Henry. The Modernization of Puerto Rico. Cambridge, Harvard University Press, 1969. Se usó la version en castellano: La modernización de Puerto Rico. Traducción de Pedro Salazar con Georges Delacre. San Juan: Editorial Universidad de Puerto Rico, 1976, p. 180.

[25] González, José Luis: La luna no era de queso. Memorias de infancia. San Juan: Editorial Cultural, 1988, pp. 140-141. Aquí González menciona la gran cantidad de familias españolas de ese vecindario, casi todas falangistas durante la guerra civil en su país entre 1936 y 1939; y como estas familias desplegaban la enseña borbónica “roja y gualda” de sus casas.

[26] Sepúlveda Rivera, Aníbal. Cangrejos-Santurce. Historia ilustrada de su desarrollo urbano. San Juan: Centro de Investigaciones Carimar y Oficina Estatal de Preservación Histórica, 1988.

[27] Hernández, Carmen Dolores. Ricardo Alegría: una vida. San Juan: Editorial Plaza Mayor, 2002, p. 177 [en adelante Hernández: Ricardo Alegría…]; Reina, op.cit., p. 112.

[28] La Habana…, pp. 56-61; Ponce Herrero, Gabino: “Planes de reforma urbana para La Habana: la modernización de la ciudad burguesa (1898-1959)”. Boletín de la age [Asociación Geográfica Española] 45, 2007: pp. 329-338. El hijo de Enrique Montoulieu- Eduardo Montoulieu García – fue arquitecto y urbanista en La Habana en los años 1940 y 1950, vino a Puerto Rico como exiliado, trabajó en la Junta de Planificación de Puerto Rico y fue profesor de planificación urbana en la Universidad de Puerto Rico. El Arq. Montoulieu García enseñó “Principios de Planificación” – un curso diseñado para estudiantes de arquitectura – al autor de este ensayo entre 1976 y 1977.

[29] Existen varias historias sobre la penetración mafiosa en la política cubana de los años 1950. Se examinó: English, T.J. Havana Nocturne: How the Mob Owned Cuba… and then Lost It to the Revolution. Nueva York, William Morrow, 2008. (Título original: The Havana Mob.)

[30] Datos tomados de la pagina web Portal del Historiador de la Ciudad de la Habana, “Habana Nuestra”, http://www.habananuestra.cu . Consultado 30 de abril de 2011.

[31] La Habana…, pp. 68-69; Ponce Herrero, op.cit., pp. 345-351.

[32] Aguiló Ramos, Silvia. Idea y concepto de la cultura puertorriqueña en la dé­cada del cincuenta. Tesis de maestría. San Juan, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 1987, p. 542. Citado en Hernández, Ricardo Alegría…, p.210, nota al calce 38 del capítulo iv.

[33] Hostos, Adolfo de. Ciudad Murada. San Juan, Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1948. Reimpresa como Historia de San Juan, ciudad murada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1979 y 1983.

[34] Sobre Klumb la mejor referencia actualmente disponible es; Vivoni Farage, Enrique ed. Klumb: una arquitectura de impronta social / An Architecture of Social Concern. [Considero el subtítulo una especie de perogrullada: toda arquitectura, al menos la que se llega a construir, tiene algún grado de impronta social.] San Juan: Archivo de Arquitectura y Construcción de la Universidad de Puerto Rico y Editorial de la UPR, 2006.

[35] Algunos estimados varían. Se cita desde 810 a casi mil. Alegría en sus entrevistas con C.D. Hernández y con Reina cita unos 810 (la cifra menor). Esta inexactitud puede ser por la inclusión o exclusión de edificios en la periferia. Este autor considera la cifra de 890 como correcta para toda la Zona Histórica según designada en 1951.

[36] Este “estilo” no llegó a ser articulado en ningún código ni definición reglamentaria, por lo cual se tendió a aplicar subjetivamente por largo tiempo. Aun hoy no existe un consenso sobre lo que define este “estilo”; lo cual ha motivado a una reciente publicación de la historiadora de arquitectura y abogada Dra. Arleen Pabón Charneco, quien ha tenido considerable experiencia en reglamentación patrimonial como directora o asesora de la Oficina Estatal de Preservación (luego Conservación) Histórica de Puerto Rico. Ver: Pabón Charneco, Arleen: La arquitectura patrimonial puertorriqueña y sus estilos. San Juan: Oficina Estatal de Conservación Histórica, 2010. Un fin manifiesto de este libro es definir y homologar los estilos usados para describir edificios patrimoniales en Puerto Rico y establecer, pues, entendimientos compartidos en este asunto. De hecho, ella elimina este estilo “español colonial” y lo sustituye por varios otros.

[37] Hernández, Ricardo Alegría…, pp. 154-168 ; Reina, op.cit., capítulo viii, pp. 95-103. Reina da, incorrectamente, la fundación del icp como el 25 de julio de 1955.

[38] Autores Varios: Problemas de la cultura en Puerto Rico. Foro del Ateneo Puertorriqueño, 1940. San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1976.

[39] Este dato es mencionado en: Hernández, Ricardo Alegría…, p. 167.

[40] En México las leyes nacionales generalmente no llevan numeración, sino que se describen por su titulo corto. Así que esta ley se denomina “Ley Orgánica del Instituto Nacional de Antropología e Historia” del 3 de febrero de 1939. Un estudio más profundo sobre las leyes patrimoniales mexicanas y que fue repasado para este ensayo es: Schroeder Cordero, Francisco Arturo. “Legislación protectora de los monumentos y zonas de monumentos en México”, en Soberanes Fernández, José Luis, ed.: Memoria del iii Congreso de Historia del Derecho Mexicano. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1983, pp. 669-684. El libro completo está accesible en http://www.bibliojuridica.org/libros/libro.htm?l=700, accesado 2 de mayo de 2011.

[41] Hernández, Ricardo Alegría…, pp. 81, 96 y 167.

[42] Reina, op.cit., p. 92.

[43] Ley 89 del 21 de junio de 1955 según enmendada. Ley Orgánica del Instituto de Cultura Puertorriqueña, Sección 4, inciso (a)(7).

[44] Hernández, Ricardo Alegría…, pp. 176-178; Reina, op.cit., pp. 61-62. Irónicamente la Sra. Géigel era además una “líder” cultural en San Juan y aparece varias veces en los dos libros sobre don Ricardo Alegría. En el caso de Bacardí, el presidente de la empresa en Puerto Rico, Jose Bosch, trato de presionar por medio de Muñoz para que lo resarcieran por daños debido a que la junta de directores del icp había designado el edificio que poseía la empresa como histórico. Se llego a un acuerdo de compra abonando el Instituto plazos de fondos que el gobernador remitía a la agencia. Posteriormente, Bosch le decía a Alegría, bromeando a medias, que le había “robado” más que el mismo Fidel Castro quien había nacionalizado las instalaciones de la empresa en Cuba (Hernández, Ricardo Alegría…, p. 178).

[45] Hernández, Ricardo Alegría…, p. 174, relata un ejemplo.

[46] Alegría, Ricardo E., El Instituto de Cultura Puertorriqueña 1955-1973. San Juan: El Instituto, 1978, pp. 59-60. En adelante: “Alegría, El Instituto…”

[47] Ibid., p.71.

[48] Hernández, Ricardo Alegría…, pp. 274-275.

[49] Alegría, El Instituto…, p. 71. Sin embargo este proceso no llegó a reconocer zona histórica en ninguno de esos dos centros urbanos (Guayama seria finalmente zona histórica en 1992).

[50] Hernández, Ricardo Alegría…, pp. 181-182 y 291.

[51] Observaciones propias del autor y correspondencia sobre exenciones contributivas de la Calle Isabel 61 y 63, Ponce. En archivos de la oficina de Ponce del Programa de Patrimonio Histórico Edificado del icp.

[52] Hernández, Ricardo Alegría…, p. 181.

[53] Este argumento es sostenido ante todo por Jorge Rigau en donde alega que los “mediopuntos” (particiones que dividían la sala en las casas puertorriqueñas) existían en San Juan y que fueron progresivamente eliminados. Hoy prácticamente no se encuentran mediopuntos en San Juan. Ver: Rigau, Jorge. Puerto Rico 1900. Turn of the Century Architecture in the Hispanic Caribbean. Nueva York: Rizzoli, 1992, pp. 166-167.

[54] Este concepto, fuese influenciado por el caso de San Juan o un “descubrimiento” independiente, se dio en el establecimiento de un salvage depot (deposito de artículos salvados) que el alcalde W.D. Schaefer de Baltimore (EE.UU.) hizo con fines similares y que parecía funcionar hacia la década de 1980. Una foto del Salvage Depot de Baltimore aparece en: Maddex, Diane, ed.: All About Old Buildings. Washington: National Trust for Historic Preservation, 1987.

[55] El texto de la ley federal de 1966 puede consultarse en el sitio cibernético del “Advisory Council for Historic Preservation” de Estados Unidos, http://www.achp.gov/docs/nhpa%202008-final.pdf.

[56] Ver nota 36, p. 21 de este ensayo.

[57] Carta Internacional sobre la Conservación y la Restauración de Monumentos y de Conjuntos Histórico-Artísticos, aprobada en el el II Congreso Internacional de Arquitectos y de Técnicos de Monumentos Históricos, reunido en Venecia del 25 al 31 de mayo de 1964 y reconocida por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (icomos) en el año siguiente. El icomos es un organismo voluntario y no gubernamental, asesor de unesco en lo tocante a patrimonio histórico y arqueológico. El documento se puede conseguir en formato cibernético en el sitio web del icomos, http://www.icomos.org/docs/venice_es.html.

[58] U.S. Department of the Interior. National Park Service. Archaeology and Historic Preservation:
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Disponible en el sitio cibernético del National Park Service de Estados Unidos, http://www.nps.gov/history/local-law/arch_stnds_0.htm. Accesado el 1 de mayo de 2011.

[59] Datos de varias fuentes. La historia sobre el incidente con Romero Barceló fue contada al suscribiente alrededor de 1996 por el Sr. Armando Morales Parés, parte de la plantilla de arquitectura de la oficina de Patrimonio Histórico Edificado del icp, y quien trabajaba en el Instituto al momento de ocurrir dicho incidente en 1978. Este hecho sin embargo no aparece en ningún documento ni sitio web oficial.

[60] Weiss y Sánchez, Joaquín. La arquitectura colonial cubana. Segunda Edición. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1979.

[61] Calcines, Argel. “La Habana que siempre existió”. [Entrevista con el Arq. Daniel Taboada Espiniella.] Revista Opus Habana, Vol. V, No. 2, 2001, pp. 18-27. Disponible en http://www.opushabana.cu/index.php?view=article&catid=59&id=328:la accesado el 15 de abril de 2011.

[62] Pérez, Daniel. “Mario Coyula reseña las amenazas al patrimonio arquitectónico en Cuba”. La Voz de Cádiz. Tomado de su versión cibernética La Voz Digital, España, 9 de noviembre de 2007. Obtenido de la pagina web http://www.lavozdigital.es/cadiz/20071109/cultura/mario-coyula-resena-amenazas-20071109.html, accesada el 5 de mayo de 2011.

[63] Le Royer, Ann. “Planificación y preservación participativas en La Habana.” Entrevista con Mario Coyula. Land Lines (Lincoln Institute of Land Policy) 9:4, julio de 1997. Obtenido de la pagina web http://www.lincolninst.edu/pubs/955_Planificaci%C3%B3n-y-preservaci%C3%B3n-participativas-en-La-Habana, accesada el 5 de mayo de 2011. Tambien en: Smolka, Martim O. Smolka y Laura Mullahy (eds.) Perspectivas urbanas : temas críticos en políticas de suelo en América Latina. Cambridge: Lincoln Institue for Land Policy, 2007, p. 354.

[64] Don Ricardo Alegría tiene una intensa amistad con varios arqueólogos e historiadores cubanos, y uno de ellos es el propio Eusebio Leal, Historiador de La Habana. (Ricardo Alegría y otros, comunicaciones personales.)

[65] Unesco: Creación del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología. Resultados y recomendaciones del proyecto. Documento reservado PNUD/CUB/81/017. N° de serie pnud: FMR/CC/CH/89/215. Informe final. París: Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (unesco) y Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud)., 7 de julio de 1989. En adelante: “Unesco: cencrem”. Obtenido en la siguiente pagina web: http://unesdoc.unesco.org/images/0008/000837/083700so.pdf, accesada el 12 de abril de 2011.

[66] La historia del programa de Patrimonio Mundial (o de la Humanidad) es apasionante, pero no se abunda en la misma en este trabajo ya que merece una consideración más amplia. Los datos básicos pueden obtenerse en el website del propio programa http://whc.unesco.org (disponible en francés e inglés, con algunos contenidos traducidos al castellano).

[67] World Heritage Committee. Sixth Session. Paris, 13-17 December 1982. REPORT OF
THE RAPPORTEUR. http://whc.unesco.org/archive/repcom82.htm#204,
accesado 18 abril 2011. Los vocablos “Patrimonio Mundial” y “Patrimonio de la Humanidad” se usan
de manera intercambiable para estas designaciones de Unesco.

[68] Unesco: cencrem, Materia v (“Utilización de los resultados del proyecto”), §34, página 7.

[69] Ibid., Anexo 3, pp. 14-15.

[70] Ibid., Anexo 1, p. 10. Para un breve esbozo biográfico del Arq. Chanfón Olmos, ver el siguiente artículo: Larrucea Garritz, Amaya. “Carlos Chanfón Olmos.” Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la unam, México, numero 79 (2001), pp. 251-256.

[71] Pumarada O’Neill, Luis: Las haciendas azucareras de Puerto Rico. Estudio inédito. San Juan: Oficina Estatal de Preservacion Historica, 1986. ------. La industria cafetalera en Puerto Rico. San Juan: Oficina Estatal de Preservacion Historica, 1989. Brown Campos, Richard con Nelly Vazquez Sotillo. La influencia de la mecanización en las haciendas azucareras de Puerto Rico en el siglo xix. San Juan: Instituto de Ingenieros Mecanicos, Colegio de Ingenieros y Agrimensores de Puerto Rico, 1999. Ha salido un libro reciente de la historiadora Lizette Cabrera Salcedo: De los bueyes al vapor: Caminos de la tecnología azucarera en Puerto Rico y el Caribe. San Juan, Universidad de Puerto Rico, 2010, que aun no ha sido examinado en detalle pero trata sobre la mecanización del azúcar en Puerto Rico en el siglo xix.

[72] Jopling, Carol F.: Puerto Rican Houses in Sociohistorical Perspective. Knoxville, University of Tennessee Press, 1988.

[73] Datos tomados de los censos oficiales.

[74] Ver páginas 3 y 4 (con sus notas pertinentes) de este ensayo.

[75] Estos datos se tomaron de resúmenes de las memorias explicativas de los proyectos de “revitalización integral” de San Juan y Ponce, redactados hacia 1992. En archivos del autor.

[76] Agencia Española de Cooperación Internacional. 20 años del Programa de Patrimonio de la Cooperación Española 1985-2005, página 20. “Presupuestos agregados por país, localidad, tipo de actividad y periodo, 1985-2005. Puerto Rico.” Documento obtenido en la página web http://www.aecid.es/export/sites/default/web/galerias/programas/Patrimonio/descargas/20_axos_programa.pdf, accesado el 12 de mayo de 2011. En adelante “AECI, 20 años…”.

[77] Documentos ubicados en la Oficina de Centro Histórico del Municipio Autónomo de Ponce y en la Oficina de Ponce del Programa de Patrimonio Histórico Edificado del icp. Nota de interés: La actual directora de la oficina municipal mencionada, Ángela del Toro Quirós, es cubana: fue dibujante en la unidad de Restauración Arquitectónica del cencrem cuando este se fundó. Unesco, cencrem, p. 11.

[78] Tomado de listados provistos por la Junta de Planificación de Puerto Rico actualizados al 15 de diciembre de 2001 y otros de la Oficina Estatal de Conservación Histórica [“oech”] de Puerto Rico al 30 de junio de 2002. En archivos del autor.

[79] Listados de la oech al 30 de junio de 2002. En archivos del autor.

[80]     World Heritage Committee Seventh Ordinary Session Florence (Italy), 5-9 December 1983. REPORT OF THE RAPPORTEUR. Disponible en http://whc.unesco.org/archive/repcom83.htm#266, accesado 15 de mayo 2011.

[81] Tomado del análisis de varias fuentes notablemente la pagina web del propio Consejo, http://www.cnpc.cult.cu/Legislacion/Legislacion.php accesada el 17 de mayo de 2011.

[82] Arq. María Elena González, directora del programa de centros históricos del cencrem, conversación personal con el autor, La Habana, 6 de julio de 1993.

[83] Aeci, 20 años…, p. 13. “Presupuestos agregados por país, localidad, tipo de actividad y periodo, hasta 2005. Cuba.”

[84] El paisaje cultural es una extensión de territorio donde ha existido una interaccion entre naturaleza y la obra de los humanos, y que se considera digno de proteger por su importancia histórico-cultural. Hay varias fuentes en forma de libros, revistas y websites relacionados con este tema. Para iniciar se recomienda visitar el website pertinente sobre Paisajes Culturales del centro de Patrimonio Mundial (de la Humanidad) de unesco, http://whc.unesco.org/en/culturallandscape, accesado 15 de abril 2011. Otro excelente artículo, orientado a ilustrar ejemplos en las Antillas es: Rigol Savio, Isabel. “Los paisajes culturales del Caribe: un legado excepcional.” Hereditas 14, diciembre 2010, pp. 13-26. Hereditas es una revista mensual del inah mexicano (ver páginas 22 y 23 de este ensayo); y la Arq, Rigol es miembro del icomos cubano y exdirectora del cencrem. Esta revista está disponible como pdf en el website del inah, www.inah.gob.mx.

[85] WORLD HERITAGE COMMITTEE. Twenty-third session. Marrakesh, Morocco, 29 November – 4 December 1999. REPORT. Disponible en http://whc.unesco.org/archive/repcom99.htm#840, accesado 13 de mayo de 2011.

[86] Fornés Bonavía, José Enrique. “Patrimonio Industrial en Peligro”. Arquitectura y Urbanismo, ispjae, La Habana, xxx:2-3 (2009), pp. 87-88. Obtenido por medio de scribd.com (usuario arquitectura_cuba, documento 34873239-Patrimonio-Industrial-en-Peligro.pdf). El Arq. Fornés Bonavía, profesor del ispjae, era presidente en 2009 del icomos de Cuba.

[87] Carley, Rachel. Cuba: 400 Years of Architectural Heritage. Fotografías de Andrea Brizzi. Nueva York: Watson Guptill, 2000, pp. 187-188.

[88] Ibid., pp. 195-196, y otras fuentes.

[89] Datos obtenidos del un sitio cibernético afiliado al National Trust for Historic Preservation de Estados Unidos. http://www.culturalheritagetourism.org/resources/research.htm, accesado el 30 de abril de 2011.

[90] El texto de este decreto puede verse en la siguiente página web: http://www.ohch.cu/patrimonio/decreto_143.php, accesado el 10 de mayo de 2011.

[91] Pagina ”Plan maestro” en el website Habana Nuestra de la ohch, http://www.habananuestra.cu/index.php?option=com_content&view=section&id=18&layout=blog&Itemid=43, accesado el 12 de mayo de 2011.

[92] Pagina “Patrimonio, cultura y medio ambiente” en el website Habana Nuestra de la ohch, http://www.habananuestra.com/index.php?option=com_content&view=article&id=415&Itemid=26, accesado el 12 de mayo de 2011.

[93] Escobal, Vicente (Lux Info-Press). “El Imperio Habaguanex s.a.”. Movimiento Sindical Independiente de Cuba. 16 de septiembre de 1999. http://www.cubanet.org/sindical/news/y99/09169903.html accesado el 30 de abril de 2011.

[94] Esto se ha tomado de varias fuentes que incluyen citas de prensa y el sitio web propio de la compañía, http://www/habaguanex.cu accesado el 30 de abril de 2011. Es un estimado ya que hay discrepancias entre varias de las cifras.

[95] Una descripción bastante completa se halla en la página web http://www.habaguanex.cu/es/habaguanex/ accesada el 30 de abril de 2011.

[96] Ortiz Colom, Jorge: Lugares de valor y producción histórico-cultural: una visión y revisión critica de la condición puertorriqueña. Mecanografiado en archivos del autor, pagina 2. Disponible en http://es.scribd.com/doc/35968083/Lugares-de-valor-y-produccion-historico-cultural-una-vision-y-revision-critica-de-la-condicion-puertorriquena cargado el 16 de agosto de 2010. [Sometido el 26 de abril de 2001 como comentarios al proyecto del Senado 58 investigando la situación de las instituciones culturales de Puerto Rico. Fue enviado a la entonces senadora Margarita Ostolaza Bey, presidenta de la Comisión de Educación y Cultura del Senado de Puerto Rico. Este informe es citado en el libro Informe sobre las instituciones culturales en Puerto Rico. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2007.]

[97] Ibid., pp. 4-7.

[98] Ibid., p. 12.

[99] Ibid., p. 13 y ver página 28 de este ensayo.

[100] Este dato ha sido provisto verbalmente por personal del Programa de Arqueología y Etnohistoria del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2006 en adelante.

[101] Fernós, Antonio: De San Jerónimo a Paseo Caribe. San Juan: Ediciones Puerto, 2008. Varios escritos publicados por el arqueólogo Juan Vera Vega, director ejecutivo del Consejo de Arqueología Subacuática de Puerto Rico adscrito al icp, abordan el valor de los remanentes de murallas y el Fortín de San Jerónimo ubicados al lado del controvertido y lujoso megaproyecto. (Documentos en archivos del autor de este ensayo.)

[102] Ver una descripción hecha por el autor de este ensayo sobre este sector y su arquitectura en la pagina “Excursion Guiada” del website del grupo de defensa de San Mateo de Cangrejos, “Museo del Barrio”: http://www.museodelbarrio.org/excursion_guiada.htm, accesado en varias ocasiones, último acceso 9 de mayo de 2011.

[103] Coyula Cowley, Mario. El trinquenio amargo y la ciudad distopica. Conferencia leída por su autor, el 19 de marzo del 2007, en el Instituto Superior de Arte (La Habana), como parte del ciclo «La política cultural de la Revolución: memoria y reflexión», organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios de La Habana (Cuba), paginas 18-21. Obtenida de http://www.criterios.es/pdf/coyulatrinquenio.pdf. Accesado el 1 de abril de 2011.

[104] Ibid., pagina 9.

[105] Antonin Nechodoma 1877-1928: The Prairie School in the Caribbean. Gainesville: University of Florida Press, 1994; (con María Luisa Moreno) La arquitectura de templos parroquiales de Puerto Rico. San Juan, upr, 1984.

[106] Vivoni Farage tiene una gran cantidad de textos que ha escrito o editado , incluyendo varios estudios biográficos de arquitectos prominentes en el Puerto Rico de principios del siglo xx. Cuatro textos representativos: Hispanofilia/Hispanophilia, arquitectura y vida en Puerto Rico (autor, con Silvia Alvarez Curbelo), San Juan, upr y Archivo de Arquitectura y Construccion de la Universidad de Puerto Rico (“aacupr”), 1998; Alarife de sueños/Architect of Dreams: Pedro Adolfo de Castro y Besosa (autor), San Juan, aacupr, 1999; Klumb… (ver nota 34, p.18) y Los corsos-americanos / Les Corses-Américains. Ensayos sobre sus arquitecturas, vidas y fortunas en el siglo xix (editor y coautor), San Juan: aacupr, 2002.

[107] Puerto Rico 1900 (ver nota 53, p. 27), La Habana/Havana (con Nancy Stout), Nueva York, Rizzoli, 1994; Puerto Rico Then and Now/ayer y hoy, Holt (Michigan, EE.UU.), Thunder Bay Press, 2009.

[108] San Juan tras su fachada. San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003; La ciudad de los balcones, San Juan, upr, 2009.

[109] La arquitectura de la Universidad de Puerto Rico. San Juan, upr, 2000; coautora de un libro con T. Marvel (ver nota 105 en esta página).

[110] La arquitectura de San Juan Antiguo de Puerto Rico (siglo xix). San Juan, upr, 1980.

[111] San Juan: historia ilustrada de su desarrollo urbano. San Juan: Centro de Investigaciones Carimar, 1989; Cangrejos-Santurce… (ver nota 26, p. 12), San Juan Extramuros… (ver nota 19, p. 8).

[112] Brea y Rancier, profesores con largo historial en las universidades Autónoma de Santo Domingo y la Pedro Henríquez Ureña, co-fundaron con otros un grupo de estudio y análisis llamado “Grupo NuevArquitectura” con una obra mayormente dispersa. Publican mucho en la prensa diaria y semanal dominicanas.

[113] Ortega es editora de una revista de arquitectura llamada ArquiTexto, basada en Santo Domingo, y que lleva ya veinticinco años editándose.

[114] Prieto ha escrito sobre diversos temas en varios libros y revistas, su producción esta mayormente dispersa. Ha profundizado sobre el vernáculo dominicano en madera de las provincias.

[115] Historic Buildings of St. Thomas and St. John (con William Maclean). Basingstoke:Macmillan Caribbean, 1987.

[116] Llanes, Llilian. Casas de la vieja Cuba. Fotografías de Jean-Luc de Laguarigue. Hondarribia (Gipuzkoa, Euskadi, España): Nerea, 1999.

[117] Coyula ha escrito abundantemente pero su producción esta mayormente dispersa en revistas populares y académicas (notablemente, entre las segundas, Arquitectura y Urbanismo del ispjae), en ponencias llevadas a congresos profesionales y en Internet.

[118] Matanzas en su arquitectura. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1993. Cotarelo también ha escrito artículos técnicos relacionados con la madera en el trópico.

[119] Segre ha sido el principal expositor de las transformaciones arquitectónicas en Cuba y ha escrito abundantemente sobre otros países del Caribe. Su obra es tan prolija y necesaria que no cabe dentro de una nota, pero se recomienda: América Latina en su arquitectura (editor). Unesco / Siglo xxi, 1975; y Cuba: arquitectura de la revolución. Barcelona: Gustavo Gili, 1970.

[120] Carley, Rachel. Cuba : 400 Years of Architectural Heritage. Fotografías de Andrea Brizzi. Nueva York: Watson-Guptill, 2000. (Citado originalmente en la nota 80.)

[121] Pérotin-Dumon, Anne. La ville aux îles, la ville dans l’île. París : Karthala, 2000.

[122] Bulletin de lispan. Puerto Principe (Haití): Institut de Sauvegarde du Patrimoine National, 2009 en adelante. Publicación seriada. En adelante “bdli”.

[123] bdli 1(enero 2009): pp. 4-5. También se publicó una exposición de 40 páginas en formato pdf sobre Jérémie obtenible a través del website de la embajada de Haití en EE.UU.: http://haiti.org/files/JEREMIE%20EXPO%20WEB%20B.pdf

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[124] El nombre oficial es Marché[Mercado] Hyppolite en alusión al presidente haitiano Florvil Hyppolite, quien lo inauguró en 1889. Vallière es el nombre de la plaza abierta que anteriormente enclavaba en el lugar, y que había sido mercado improvisado de Puerto Príncipe; el vocablo “Mercado de Hierro” (francés Marché en Fer) es la designación popular. La recuperación del inmueble reinaugurado el 12 de enero de 2011, al año del Gran Terremoto, contó con una sustancial aportación equivalente a US$15 millones “donados” por la empresa de teléfonos móviles Digicel, propiedad de inversionistas extranjeros; y su principal accionista, el irlandés Dennis O’Brien. bdli 13 (junio 2010): pp. 1-8; sobre la reinauguración ver: bdli 21 (febrero 2011), p. 12.

[125] bdli 9 (febrero 2010): ejemplar entero.

[126] bdli 11 (abril 2010), pp. 1-9.

[127] bdli 6 (noviembre 2009), pp. 1-7.

[128] bdli 14 (julio 2010), pp. 11-12. Estos trabajos del Palacio Nacional han sido criticados, sin embargo, en los medios: “Palais National: démolition ou restauration.” Le Nouvelliste, Pto. Príncipe (Haití), 9 de abril de 2010. Disponible en http://www.lenouvelliste.com/articles.print/1/78907 accesado el 15 de mayo de 2011.

[129] bdli 21 (febrero 2011), pp. 1-10.

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